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Cuando los hijos se van

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NADIN.MARMOLEJO.NUEVA2020Ezequiel, un familiar muy cercano que me dio la mano cuando empezaba la universidad en la ciudad de Barranquilla, me contó una historia que, en aquel entonces, me pareció más una aventura de la imaginación que algo real.

Me dijo que algunas aves tan pronto sus polluelos están totalmente emplumados, los toman con las patas y se elevan con ellos hasta lo más alto y luego los sueltan para que vuelen con sus propias alas. Al lograrlo, estos emprenden el viaje sin retorno hacia otros parajes donde desarrollan su vida de manera autónoma e independiente. "Igual hace la gente. Cría los hijos para luego soltarlos a hacer de sí mismos una persona adulta y llevar una vida propia", concluyó a guisa de enseñanza.

Leyendo, hace unos meses, una reseña del libro 'La memoria secreta de las hojas', de la geobióloga, Hope Jahren, oriunda de Minnesota y de ascendencia nórdica, recordé a Ezequiel pues encontré que ella había escrito algo parecido al respecto señalando que "criar a un niño es básicamente la larga y lenta agonía de dejarlo marchar”. Y enfatizaba que "las personas son como las plantas, crecen hacia la luz", haciendo alusión al hecho sorprendente de las similitudes que tenemos los seres humanos con estas.

Pues, bien, la madrugada del pasado 28 de diciembre, en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, tuve la impensada ocasión de observar a una madre y a un padre despedir a su hijo que viajaba a estudiar fuera del país. El abrazo fuerte al chico que se iba y las lagrimas posteriores que se dieron frente a la enorme puerta exterior de la terminal, a cuyo interior —debido a la pandemia— no se podía entrar en calidad de acompañante de los pasajeros, me hicieron volver a la memoria la historia de Ezequiel. Y caí en la cuenta, también, de que "es al separarse cuando se siente y se comprende la fuerza con que se ama", tal como lo dijera el escritor ruso Fiodor Dostoievski.

En fin, pude notar que, con la irrupción de la adultez, los hijos alcanzan el ‘plumaje’ necesario para volar por sí mismos. Entonces, con el respaldo económico de los padres o el impulso juvenil que surge de sus ganas de crecer o para afirmar sus propósitos de independencia buscando el destierro del país, parten hacia su nuevo destino a forjar su proyecto de vida en cierne. (Aunque en Colombia la emigración de muchos jóvenes también se da por la falta de confianza en el futuro del país, desafortunadamente, lo que ha conseguido que muchos jóvenes no puedan cultivar bien el sentimiento de apego y el sentido de pertenencia a la tierra que los vio nacer).

A los seres humanos esto no debería tomarnos por sorpresa, ni experimentar de forma tan dura los efectos del 'desprendimiento' de los vástagos, pues, sabemos de antemano de su inevitabilidad, pero ello es imposible. Una persona nunca está realmente preparada para tomar las cosas con la pasividad de las aves que citara Ezequiel. Ya que la partida de los hijos del hogar, por cualquier motivo, es una de esas cosas que constituyen un verdadero cambio radical en la vida de cualquiera. Y hay dos maneras de encarar ese cambio: con temores y alegría. Pero nadie, absolutamente nadie, lo puede hacer de una u otra forma, solamente, sino con una mezcla de ambas.

Los padres sentimos que la vida se nos va también con los hijos que se van de la casa. El corazón queda como si lo hubieran roto y lo empieza a consumir la nostalgia por el tiempo en que estuvieron en el seno del hogar. Las primeras horas transcurren entre lo que fue y lo que será la vida venidera; buscando fórmulas para que todo continúe como venía; con miedo a la posibilidad de que su ausencia no se convierta pronto en serena nostalgia; y con dudas sobre si seremos capaces de soportar la soledad de la casa en adelante. Pero, eso sí, seguros de que los hijos dejan un vacío que no hay como llenarlo.

No alcanzo a imaginar lo que sintieron las madres y padres cuyos hijos fueron a parar al destino cruel de la guerra en Colombia [durante más de 60 años], unos obligados a cumplir un servicio militar y otros reclutados por grupos ilegales, del que era prácticamente imposible volver ileso, tanto en lo psicológico como en lo físico.

Tampoco es posible saber cuán duro puede ser para unos padres cuyos hijos tienen que irse a buscar el sustento diario en las calles, restaurantes y bares de otros lares, entre otras fuentes de trabajo, lejos del amparo familiar y a merced del azar y la soledad, de la aporofobia y la xenofobia, luego de cansarse de tocar puertas aquí, de no hallar oportunidades laborales que lo impidieran.

En definitiva, los padres son peldaños de los pasos de sus hijos. Faros o puentes, mas no dueños de ellos, pues son prestados, como bien dicen los que ya han pasado por esto. El seno de la familia es un camino y no una meta. Ya que, tan pronto los hijos dejan la casa, afuera todo sigue pasando como si nada hubiera pasado.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresan.

 

Última actualización ( Domingo, 16 de Enero de 2022 04:45 )  

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