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elisleño.com - El diario de San Andrés y Providencia.

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El temor a los huracanes

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New Providence o Nueva Providencia, es una bella isla ubicada entre las Islas Eleuthera, al este, y Andros, al oeste. Pertenece a las Bahamas. No la confundamos con la nuestra, con la Vieja Providencia, o mejor llamarla Old Providence, como la bautizaron en 1629 los puritanos ingleses que arribaron a la isla en el Seaflower.

 

Por Edgar Collazos *

De todas las islas del Caribe, es la más bella y tropical; es una luminosa constelación caída en el mar. Su cordón de arrecifes coralinos la defiende de ser azotada por ramalazos de olas.

Yace en el seno de las aguas Caribe, entre el sueño de mansas palmeras, las tonadas de Calipso y los aullidos siderales que en las noches chocan contra su farallón. Permanece verde, irisada, orzando siempre al norte, refrescada de enero a julio por sus vientos cálidos que entran por South West Bay y recorren la montaña, chocan con el cerro más alto, llamado el Pick, para luego bajar a las playas.

Aunque permanece verde, irisada entre las turquesas del océano, mirando siempre al norte desde la pequeña y soleada Fresh Water Bay, los marinos isleños la llaman con amor: La gran Roca, quizás para recordar su origen volcánico. Es también un observatorio desde donde, en sus noches límpidas se observa el lento transitar de los planetas, pero es, sobre todo, la casa, el hogar de una raza bella, cantarina, fértil y sana.

Desde el cielo, es similar a una inmensa tortuga verde, fortificada por un cinturón de corales; un carrusel de anémonas y manglares la protegen de las areniscas y de la sublevación del mar. En la época de los vientos alisios, esos vientos que impulsaron desde Europa las naves conquistadoras y fueron llamados también Vientos del Comercio, está vigilada desde el cielo por Casiopea, Orión y Perseo, sus constelaciones benefactoras que huyen por la Vía láctea en el mes de octubre, cuando los vientos que se desplazan por el Atlántico entre las Antillas y la costa del África, crean un monstruo hecho de mar y agua; un bufo iracundo que asperja a su paso la destrucción y la desdicha. En esos meses, aparecen, en la bóveda celeste: la Corona Austral, Piscis y el Centauro, para ser testigos, si la isla desaparece en el fragor de las tormentas.

A esa joya de valiosos abalorios y oropeles marinos arribé una noche de octubre de 1980 en un barco llamado Witch (La Bruja) que abordé en Cartagena. Una semana antes, William Ospina me había despedido en el aeropuerto el Dorado, diciéndome, “buen viento y buena mar”. Iba nombrado como profesor de literatura y filosofía del colegio de bachillerato. Cargaba conmigo un título de licenciado en filosofía expedido por la Universidad del Valle, el ufano prestigio de haber sido creativo en una buena agencia de publicidad de la capital, la Comedia de Dante que siempre me ha acompañado y la ilusión de convertirme en un joven marinero.

Me recibió la autoridad máxima de la isla, el reverendo Padre Martín Taylor, quien me hospedó en el cuarto de huéspedes de la casa cural, en el sector de Lazy Hill (la colina perezosa). Esa primera noche no logré conciliar el sueño, me despertaba el constante arañar del viento en las ventanas de la iglesia. Al día siguiente desde el comedor, divisé el mar, sus aguas chocaban haciendo espuma contra la quilla de un barco escorado a pocos metros de la orilla. Desde donde estaba podía verle la arrufladura y el carcomido casco. Era un viejo titán derrotado por una fuerza mayor.

– Es un oxidado barco inglés. Lo puso ahí el huracán de 1924. Hoy es un nido de gaviotas y aves marinas.

Me explicó Martín Taylor en inglés caribeño, cuando tomábamos el desayuno.

He de confesar que estaba aterrado. En asuntos del mar, era un joven neófito e ignorante lector de Conrad y de Stevenson. Aún no sabía que, en una isla, el mar, el esplendor de los bosques, los animales y la cotidianidad humana está subordinada al arbitrio soberano de los vientos; que el viento es bondad y detracción de la dicha; y la autoridad de todos los acontecimientos.

Incauto, no sabía que había llegado en la época de los malos vientos, que era el mes cuando el torrente, en busca de su víctima, traza la ruta para destruir a las Islas Caimán, Jamaica, Cuba, San Andrés, Santa Catalina y Providencia, o castigar con su fuerza ciclópea a New Orleans; o ensañarse con su víctima predilecta, la costa misquita de Nicaragua.

Mi primer descubrimiento

El primer día, al caminar por la isla, empecé a sospechar de la existencia del huracán, porque por donde pasaba, veía la enseña de la destrucción. Caminado por sotavento me impresionaron los antiguos veleros escorados, abandonados en los acantilados; veleros que alguna vez navegaron surcando a toda vela mares remotos y encontraron la muerte en los acantilados de Providencia. Detallaba las banderas canadienses, inglesas, noruegas, pintadas en embarcaciones que, espumando con trapo tendido y con bolinas tensas y vibrantes, hacía muchos años, quizás en los huracanes del siglo XVIII y XIX, o en los bestiales ataques de 1940 o 1961 habían sucumbido a su cólera.

En un meandro del mar, cerca al sector de Smooth Water Bay (Bahía de Agua Mansa) me llamó la atención la belleza de una iglesia de madera, de auténtica arquitectura isabelina.

Doña Rosalina Whitaker Archbold , me contó que:

– Ha sido destruida varias veces por ‘el monstruo’ y los protestantes la vuelven a reconstruir.

Fue la primera vez que escuché referirse al huracán como “el monstruo”. El ciclópeo ser de miles de cabezas que pasa azolando con sus bufos a las islas y poblaciones costeras de América.

Mi segundo descubrimiento

Esa noche regresé a la casa cural por barlovento, donde me encontré con mi segunda sorpresa. En uno de los armarios del cuarto, al fondo, abandonadas como los veleros en el mar, había unas hermosas botas de cuero florentino y decenas de pinturas envueltas en papeles de seda. No era difícil suponer que, por la calidad de las botas, tenían que ser de alguien muy sofisticado y que las pinturas eran creación de un gran artista. Pero, me pregunté ¿Qué sofisticado artista de botas italianas podría haber estado en ese lugar antes que yo? Entonces le informé al padre de mi descubrimiento. Enarcó las cejas y me dijo:

– Las botas deben haber pertenecido a un hombre importante que estuvo aquí hace muchos años. Sabe profesor, un gallardo joven que llegó en un avión de esos que aterrizan en el agua. Si desea le presto el archivo de la iglesia, ahí hay recortes de prensa y detalles de los sucesos importantes de la isla, incluso los huracanes que tanto le asustan, pero no tema, el huracán es un destino, si los huracanes no te buscan, tú vas en busca de ellos.

Sacrifiqué horas ojeando y curioseando el libro y encontré testimonios de las tormentas y huracanes que habían destrozado la isla. Me informé cómo llegó la misión de los capuchinos católicos que arribaron a la isla a finales del siglo XIX, a contrarrestar el pensamiento calvinista heredado de los primeros pobladores, puritanos ingleses; leí la crónica de un periodista inglés, que narraba la manera como el coro de niñas de Providencia cantó desde la isla Santa Catalina el himno de Colombia, al presidente de los Estados Unidos que no se bajó del buque de la Armada americana.

En una de sus páginas, encontré el recorte de prensa con la foto del avión aterrizado, con la compuerta abierta, a un lado, imponente, se veía un hermoso joven con cara de expedicionario y con las botas que yo había encontrado en el armario. Que alegre sorpresa me llevé cuando leí que se llamaba Álvaro Mutis y que había vivido en Providencia varios meses, hospedado en la casa cural, en el mismo cuarto donde yo me hospedaba. Y más sorpresa me llevé, cuando descubrí que las pinturas, eran obras de Hernando Tejada Sáenz.

Embriagado de sucesos, en la noche el reverendo Martín me contó, con su seductor acento de inglés Caribe:

– Ese pintor vivió aquí, en mi isla, era un pervertido. Vivió en Rocky Point, armaba fiestas en la noche y pintaba en el día. Su actividad no parecía tener fin, se dedicó a pintar a todos los isleños e isleñas, las casas, los caballos, los barcos. La comunidad le llamaba “el pintor chiquito”, porque en una tierra de gigantes como es Providencia, un hombre de un metro con cincuenta, es un enano. Y sabe una cosa, profesor, no quisiera asustarlo, pero, tanto el hombre de las botas y el pintor, se marcharon de aquí, huyendo de una tormenta anunciada por la Capitanía de Puerto.

Ahora estaba seguro, Mutis y Tejada se conocieron y huyeron del monstruo de los años 40. Esa noche no dormí, pensé empacar mi Comedia de Dante, mi diploma de univalluno y claro, las botas de Mutis. El día siguiente me la pasé preguntándome si Tejada y Mutis se conocieron, pensé en sus eternas parrandas bailando calipso, mazurca y shotis erotizados por los cuerpos esbeltos de las isleñas. Y me reconforté cuando concluí que, gracias a los malos vientos, Mutis olvidó las botas para que yo las heredara, y que Tejada no tuvo tiempo de empacar sus pinturas, y que yo era el escogido para llevárselas a Cali, como hice años después.

As time goes by...

Pasaron los meses y luego treinta años. Ahí, en esa divina isla fui feliz, conformé una familia, recorrí en los barcos de mis hermanos isleños todo el mar Caribe y sus islas; ahí escribí mis primeras novelas: Los faros de María galante y El Demonio en la proa, pero eso sí, al inicio de cada octubre, huía hacia el continente y regresaba al final de noviembre, cuando ya el monstruo se hubiera marchado del Caribe.

En 1988 me escapé del huracán Gilberto que azotó el Golfo de México por cerca de nueve días y en Cuba lo llamaron el huracán asesino; me escapé del Karina que golpeó la costa de los Estados Unidos; del huracán Feliz que destruyó a Puerto Rico. Cada año, iniciando octubre, siguiendo el ejemplo de Mutis y Tejada, era un asiduo visitante de la Capitanía de Puerto, iba a informarme sobre la existencia de tormentas tropicales o huracanes que fueran a pasar por Providencia.

Cada año me sorprendía y me alentaba la ilusión saber que los huracanes del Caribe preferían otras rutas y que los monstruos escogían otras víctimas y perdonaban a Providencia, pero existía la superstición isleña de que un día la isla sería destruida. Eso alentaba mis temores, y así fue. El 16 de noviembre IOTA entró por Fresh Water Bay, movió su cola y la posó sobre Providencia estragando todo el contorno de sus 17 kilómetros.

El daño fue unánime, en segundos sucumbieron South West Bay, Botton House, Smouth Water Bay, Mountain, Rocky Point, El Caballete, Santa Isabel, Free Town y arrasó con la isla bucanera de Santa Catalina. El reflujo de su cólera subió al mar hasta las casas y en su torbellino ciclópeo mezcló las aguas de las fosas sépticas con las de las cisternas. Con ira, arroyó las embarcaciones, destruyó el tejido eléctrico, se llevó las viviendas, asesinó un par de ancianos, hirió niños y mujeres.

Hoy, después de unas semanas de calamidades, la isla está al pairo, cientos de ratas y miles de mosquitos amenazan a la población indefensa, el Covid prolifera. Aminta Robinson, una isleña líder, ha enviado audios que circulan por las redes; mensajes al gobierno y pide con su voz atribulada ayuda, clama por autoridades que detengan las lanchas de piratas de otras islas, que hacen su festín robando las pertenencias que yacen bajo los escombros, y sin ningún carácter político, muchas voces piden ayuda a Nicaragua.

IOTA el más fuerte de los monstruos se ensañó con la joya más bella del Caribe, ningún otro ha tenido su vigorosidad y su maldad. Aún no sé por qué me salvé, motivos ajenos a mi cobardía me retiraron de ese paraíso hace unos años, pero nunca olvidaré, que un día de octubre de 1988, un pregón pasó por los barrios y bahías anunciando que el huracán Joan venía rumbo a Providencia. Inmediatamente armé maleta, aseguré la casa y me marché con la Comedia de Dante y las botas de Mutis que aún las conservaba intactas.

Llegué a San Andrés en el primer vuelo del día siguiente, con la intención de viajar a Cali, pero ya los vuelos estaban cerrados y me tocó hospedarme en el viejo Hotel Tiuna, y fui testigo de la fuerza ciclópea del monstruo, cuando averió esa fortificación de cemento y hierro donde me encontraba. Hui por la Avenida Newball entre la ventisca, entre palmeras que surcaban el aire y techos que caían a mis espaldas, vi la destrucción de las bellas casas isabelinas, me sentí tan pequeño como el pintor chiquito y corrí llorando, siguiendo a los isleños expertos en escapar de los huracanes.

Por fortuna solo fue una noche, cortas horas de sufrimiento, comparado con la extensión de la vida; si es que, como dijo Borges, el sufrimiento puede ser corto. Luego me di cuenta de que, en mi huida, había perdido la Comedia de Dante y las botas de Mutis y me maldije cuando supe que el huracán no había pasado por Providencia, que mi temor me había conducido a él y que era verdad aquello que una noche lejana de 1980, en la casa cural de Lazy Hill, me dijo Martín Taylor: si los huracanes no te buscan, tú vas en busca de ellos.

(*) Edgard Collazos (1954) escritor y novelista nacido en Cali, Colombia; narrador de historias de filibusteros y bucaneros que transcurren durante las guerras de Independenciaambientadas en un mapa imaginario, desde el Caribe hasta la Orinoquia. Vivió la mitad de su vida en la isla de Old Providence, también tierra de piratas, en donde halló varios tesoros: entre ellos el amor, su descendencia y un anecdotario maravilloso.

 

 

Última actualización ( Sábado, 02 de Enero de 2021 08:09 )  

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