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OSWALDO.SANCHEZ

Leyendas caribeñas dicen que Huracán era la manifestación nefasta de una divinidad violenta, autora del Gran Diluvio que destruyó todo lo que los primeros hombres construyeron antes de enfurecer a los dioses. La modernidad ha rebajado la categoría divina de Huracán, pero no disminuido el temor que nos inspira. Su poder aniquilador e impotencia ante él reducen a polvo el poderío humano.

El huracán recibe varios nombres según la región donde se origine: en el Atlántico norte y en el Caribe se denomina huracán; en el Pacífico noroccidental, tifón. En las regiones norte y suroriental del Océano Índico y en el Pacífico suroeste se le llama ciclón tropical. Antes de llegar a clasificarse como huracán, este sistema tormentoso pasa por dos subcategorías: depresión tropical y tormenta tropical. Considerando la intensidad del viento, los huracanes tienen una clasificación de 1 a 5, de acuerdo con la escala de Saffir-Simpson creada en 1969.

La temporada oficial de huracanes en el Atlántico norte y en el Caribe va desde el 1 de junio hasta el 30 de noviembre de cada año, pudiendo presentarse algún evento fuera de estas fechas, como la Tormenta Tropical Alice (1953) o el Huracán Alma (1970).

Pero es promediando agosto y hasta mediados de octubre que suelen ocurrir con más frecuencia estos huracanes, siendo septiembre el mes más probable para que algún sistema transite por el Mar Caribe, pudiendo impactar de manera directa La Guajira y nuestro Departamento Archipiélago. También pueden verse afectados los Departamento del Atlántico, Magdalena, Bolívar y en menor escala Sucre y Córdoba.

Las predicciones para este año, publicadas en abril por el equipo de meteorólogos de la universidad de Colorado, advierten que la temporada será intensa, previéndose 16 eventos, más que la media de los últimos 30 años.

Podrían haber entre 6 y 10 huracanes categoría 1 y 2 (vientos de 119 km/h o más); entre 3 y 6, categoría 3, 4 o 5, (vientos superiores a 178 km/h). Los nombres de los indeseables emisarios de “Huracan” para este año son: Arthur, Bertha, Cristóbal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo, Hanna, Isaías, Josephine, Kyle, Laura, Marco, Nana, Omar, Paulette, René, Sally, Teddy, Vicky, Wilfred.

Que a los huracanes debemos tomarlos en serio lo evidencian su tamaño y poder destructor: el huracán Mattehew (2016) alcanzó los 800 km de ancho y Dean (2007), 700km. Por su parte, Gilberto, ‘El Huracán Asesino’ (1988), desarrolló vientos de 298 km/h, y Katrina (2005) llegó a los 282 km/. Como nadie los puede detener, lo mejor es prepararse.

Por eso en octubre pasado Inés Celis preguntaba en este mismo periódico, ante la eventualidad de que un desastre natural nos afectara: “¿Estamos preparados?”. El silencio glacial a esta pregunta por parte de las autoridades gubernamentales nos hace temer lo peor; y si le agregamos la indiferencia de la ‘sociedad civil’ con el deleznable argumento de que esta es tierra bendita, tenemos las condiciones perfectas para el más trágico de los escenarios.

Desde Beira, en Mozambique, epicentro del ciclón Idai en 2019, pasando por la isla de Gran Bahama, bajo el agua por las marejadas y lluvias aparejadas al huracán Dorian (2019); por Puerto Rico que le dejó como nefasto legado el Huracán María (2017) a sus estudiantes sufriendo estrés post traumático, el listado de urgencias, desolación y muerte que deja la imprevisión e indolencia de los gobernantes de turno es interminable.

Como la pregunta: ¿Estamos preparados? sigue retumbando, digamos que no, no lo estamos. Sin embargo, hay esperanzas de un comienzo nuevo: a Prevención y atención de factores de riesgo el PDD le entrega la no despreciable suma de 41 mil millones de pesos. De modo que eventos como los que narra este periódico en septiembre de 2019 bajo el título: ‘¿Campanazo de alerta?’ seguirán ocurriendo, pero confiamos que a partir del año 2024 veremos brillar el sol los 12 meses del año.

Sin embargo, como se sigue desconociendo el poder que tiene la Educación en el éxito de toda empresa humana, y que la Ley 115 de 1994 (art 5) contempla como uno de sus fines la “Adquisición (por parte de los estudiantes) de una conciencia (…) del uso racional de los recursos naturales, de la prevención de desastres, (…)”, vemos con preocupación que de manera expresa no existan en el PDD ‘Todos por un Nuevo Comienzo’ aportes a los Planes Escolares en Gestión del Riesgo. Y eso dizque dicen que “la escuela es por excelencia el nicho para el desarrollo de competencias y capacidades para generar responsabilidad, motivación y compromiso”,

Por si acaso, bueno es aconsejar que no esperemos que un evento catastrófico ‘aterrice' en nuestro territorio, pues puede ocasionar destrucción y pérdida de vidas humanas de imposible recuperación, razón más que suficiente por la cual debemos estar preparados.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresen.

Última actualización ( Sábado, 30 de Mayo de 2020 07:56 )  

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