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Pandemia y egoísmos

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RAFAEL.ARCHBOLD2El Covid 19 no ha sido la única pandemia que ha lidiado el archipiélago. Aunque las otras no sean virus microscópicos han tenido como antecedentes las mentiras, el egoísmo y la usura sobre cualquier consideración humanista o social.

En 1965, el incendio de la oficina de registros de instrumentos públicos –aún en la impunidad– eliminó archivos y escrituras de propiedad de las tierras y, por la falta de medios de comunicación (hoy de internet) en Bogotá se enteraron días después gracias a radioaficionados locales que conectaron con similares canadienses, quienes finalmente relataron al país la noticia. Tres meses después llegarían los investigadores del gobierno cuando las evidencias habían desaparecido.

La solución a esa quimera fueron los juicios de pertenencia express, que culminaban con sentencias judiciales obtenidas en su mayoría con testigos repetidos. Fue peor el remedio que la enfermedad. Sería la cereza que rebozaría la copa del proceso de despojo y legitimó la pérdida de sus tierras a familias raizales.

Un nuevo incendio en 1988 acabaría las plantas de combustible diésel marca Sultzer, que proporcionaban energía eléctrica a San Andrés, ubicadas donde hoy se encuentra el Clarence Lynd Newball Memorial Hospital. Fue la misma época en que el huracán Joan, con vientos de más de 180 kilómetros por hora, nos mostraría el poder de su gigantesca cola que amenazaba con borrarnos del mapa.

El antídoto para combatir la súbita oscuridad fue sembrar ruidosas planticas eléctricas a gasolina en las puertas de los almacenes. Había que vender, así el recaudo de impuesto fuera mínimo, y la contaminación del aire con vapores de gasolina y ruido de metralletas estrujaran los pulmones y el alma tranquila de las islas.

Luego llegaría la privatización del servicio de luz y sus altas tarifas. Se Instalaron motores marca General en un galpón frente a las plantas siniestradas. Treinta y dos años después ese galpón que aún permanece sin otra utilidad que la invocación de las ruinas.

Descontaminar el sector del Bigth donde estuvieron las plantas, costaría tiempo y dinero que aún estamos pagando. Se trasladó el parque de generación eléctrica al sector de Punta Evans en 1995 con la llegada de Sopesa S.A. E.S.P que se convertiría en un actor más de la política local, la termoeléctrica que enciende candidatos y campañas políticas.

Para mantener el flujo de compradores de televisores y zapatillas de marcas, la Sociedad Aeronáutica de Medellín (SAM), creo el novedoso Plan 25, en que los turistas pagaban cinco mil pesos de cuota inicial y el saldo en 25 meses. Tiempo después, serían rebautizados como turistas ‘plan sin cinco’, nuestra sociedad denostaba de ellos, olvidando que fue la mano tendida en medio de la oscuridad.

En 1991, el país estrenaba Constitución Política y, la entonces Intendencia Especial, estrenaría la mayoría de edad convirtiéndose en Departamento Archipiélago. La fiesta nos duró poco y el sabor agridulce nos llegó con la Apertura Económica, necesaria para el país, pero devastadora para la economía de las islas.

La apertura impulsaría en las ciudades capitales almacenes con productos importados, precios razonables, garantías y soporte de servicios; se fortalecían los llamados ‘sanandresitos’, era evidente el hundimiento del comercio local de electrodomésticos y de la ventaja comercial de Puerto Libre reeditado en 1953 por el general Gustavo Rojas Pinilla, sellando para siempre la época dorada del turismo de los ‘cuperos’, como eran conocidos los llevadores de mercancías que, utilizaban las habitaciones de los hoteles como bodegas dormitorios.

Así, a los trancazos migraríamos a la oferta de un modelo de turismo de sol y playa antagónico al que estábamos acostumbrados pero similar en su crueldad con el medio ambiente.

En 2012, la pésima defensa colombiana trajo el fallo de la Corte Internacional de Justicia de la Haya y la pérdida del mar territorial y sus incalculables consecuencias. La solución a esta crisis fue el Plan Archipiélago, que, con su danza de millones, enloqueció los gobiernos de turno, compró silencios de tirios y troyanos, propició la aparición de fundaciones y asociaciones multipropósitos y un cuartel de policía tan desproporcionado en cuya interior cabría tres veces el hospital de San Andrés, dejando sentado la escala de importancias para el gobierno nacional.

La diferencia con las crisis anotadas y el Covid-19, es que no somos los únicos que la padecen. Nuestra crisis de salud es antigua y se actualiza con los años.

No tenemos una red de salud pública hospitalaria que nos dé tranquilidad para afrontar esta pandemia o el futuro. A menudo, las soluciones pensadas en colectivo exigen compromisos mayores como actuar con disciplina en medio de la suspensión del mundo o sacrificar las supuestas ‘ganancias’ mientras conservamos la vida.

De ahí que –así tengamos que poner más lágrimas, sudor y sangre– no deberíamos continuar el camino sin resolver de manera definitiva ese ítem en la larga lista de problemas del archipiélago.

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. EL ISLEÑO no responde por los puntos de vista que allí se expresen.

Última actualización ( Domingo, 03 de Mayo de 2020 04:24 )  

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