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¿Una revolución política en la Ínsula?

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JORGE.GARNICATodas las grandes revoluciones tienen sus consecuencias: la de la Unión Soviética, la francesa, la cubana, la americana e incluso la nuestra: la de Bolívar y Santander. Unas experimentaron cambios y transformaciones radicales; otras, no tan radicales. Pero todas sí con cambios visibles. Y las pequeñas también pueden tener inobjetables efectos: positivos y negativos.


De momento, entonces, ¿es posible que nosotros, los insulares, estemos listos para unos cambios visibles, serios, buenos para nuestra política regional e insular? ¿Es posible aprovechar estos tres meses que ya están encima para iniciar una verdadera revolución política en la ínsula; unas transformaciones políticas de largo alcance en nuestro medio? Con un poco de voluntad y buen juicio, sí es posible.

Ahora, nosotros no tenemos que derramar sangre para el tipo de revolución que planteo —tristemente, tenemos suficientes malandrines en nuestro medio que ya lo están haciendo por nosotros, hoy por hoy.

Una de las cosas que tenemos que dejar de hacer es cambiar nuestras actitudes, conductas y pensamientos real y genuinamente politiqueros, en cuanto al uso de los empleados del Estado, casi como si fuesen objetos, como fortines y personas cautivas para “obligarlas” a acercarse a nuestras tiendas, toldas y casas para votar por nuestras posiciones políticas.

Porque hacer esto es violar el pensamiento democrático; es violar mi LIBERTAD para expresar mi pensamiento y comportamiento político. ¿Que así se ha hecho siempre? De acuerdo. Pero no podemos seguir haciendo lo mismo y luego predicar cambios. ¿No tenemos suficientes argumentos éticos para cambiar la “táctica?” Porque si no, ¿cuándo entonces, cambiaremos ESTO para buscar una verdadera democracia y sentirla de verdad en verdad en nuestra piel, en nuestros intestinos?

Es decir, ¿no estamos buscando una democracia genuina, libre y lejos de todo tipo de presiones y ataduras politiqueras? Porque ESTO es lo que hacemos hoy: coaccionar, cuando no amenazar a los empleados estatales para que voten por mi casa, tolda, tienda, y si no atenerse a las consecuencias. Con un tris más de sutileza, quizás.

Lo anterior no es un reflejo fiel de la real e ideal buena democracia dentro de los confines de un pensamiento, de una filosofía o doctrina liberal —e insisto: como pensamiento o ideal y no como partido; y por muy ingenuo, e idealista que parezca-–. Por otro lado, tampoco soy tan ingenuo o ignorante en cuanto a una de las estrategias más comunes, ancestrales y viejas, y que siempre se ha utilizado (los partidos y movimientos; los barones y los líderes y lideresas, etc.) para adquirir votos amarrados: el Estado.

La estructura del personal del Estado siempre fue, y es aún, históricamente en todo el país, la fortaleza política de muchos. Por ESO los politiqueros buscan con la uña y a veces con la espada (he allí una de las grandes razones por el sinnúmero de guerras civiles luego de la proclamación de la república, hasta nuestros días) para estar acurrucados en los brazos del Estado (secretarías a nivel departamental, ICBF, Ecopetrol, SENA, ministerios, aduanas, etc.).

Estos grandes personajes, a nivel departamental o nacional, utilizan todos sus pesos políticos para influenciar al Estado de acuerdo con sus fines. Y así manejan y se convierten en los amos de las almas y espíritus de la pequeña y grande burguesía burocrática; así los partidos y movimientos políticos manejan y manipulan la inmensa masa burocrática para sus propósitos politiqueros. “Es mi modo de sobre vivir,” dirían a los cuatro vientos.

Incluso, a la mayoría de estos líderes y lideresas, les importa poco si sus burocracias están haciendo un buen trabajo o no; o si están cumpliendo con la ley. No. Solamente les interesa aprovechar el momento oportuno para saltar sobre su masa cautiva, que a la larga son victimas de una democracia distorsionada e inequitativa. Así dominan con frecuencia esta práctica politiquera, que por cierto es indecente, inequitativo y a veces servil.

¡A votar, se dijo! Pero qué hacer: forma parte de la esencia y cultura parlamentaria, en sus diversos niveles, en nuestro ambiente de gente hambrienta—y no solo por alimento físico. Es obvio, por otra parte, que esta práctica caricaturesca y contraria a los fines de nuestra Carta Magna le hace mucho daño a nuestro proceso democrático.

Así, nunca seremos verdaderamente LIBRES para ejercer la democracia y construir una mejor república; para ejercer el voto libre. Porque para transformar ESTO precisamos de la característica más importante de la naturaleza humana: su LIBERTAD: económica, política y moral. Sin presiones, lazos, ni trabas de ninguna clase, diferente a la conciencia propia.

Además, por qué nuestros politiqueros domésticos —los de la ínsula— no quisieran sorprendernos en convertirse en serios, idóneos políticos, en un consenso único y decir y cumplir sin ambages: vamos a cambiar ESTO; vamos a cambiar esta farsa; a hacer una verdadera REVOLUCION política en la ínsula: no reservaremos un presupuesto aparte para comprar votos; no presionaremos a ningún empleado (a) estatal para votar por mi cuadro político; no entregaremos nada como canje para votar por X o Y fórmula política; no buscaremos contratos para motivar a nadie para votar. Únicamente dependeremos de nuestros argumentos políticos, de nuestras propuestas y plataformas políticas, de nuestras historias como personas y servidores públicos. En fin, entregaremos solamente nuestras ideas y nuestras hojas de vida (vitae). Nada más.

Es la única manera de obtener un verdadero cambio transformacional y generacional de nuestro quehacer político en nuestra ínsula. De lo contrario, seguiremos con las mismas baratas demagogias en nuestros congresos, asambleas y concejos; seguiremos con el mismo decadente y triste populismo reinante, alimentando el ego y el bolsillo de éstos con las mismas. ¿Libertad de pensamiento? He aquí el mío.

Y nuestras vidas deben servir para algo más grande que nosotros mismos. De lo contrario, habremos vivido una vida mediocre. ¿Y quien desea tener en su última lápida: “Aquí yace uno que fue un mediocre”?


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