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Wilmer y el carrusel laboral

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JORGE.SANCHEZCada vez que se asiste a un foro, socialización de un proyecto, congreso, mesas de trabajo social, ambiental o mixta; seminario, taller, workshop o similares; se sale con un aire triunfante y el pensamiento de: “por fin vamos a erradicar tal mal”; “al menos dije y quedó anotado lo que pienso”… soñando que las cosas van a cambiar.

¡Oh triste realidad, cuando se sale del ensueño! Máxime cuando se habla de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que incluye el turismo en pequeñas islas, como la nuestra.  “Una herramienta eficaz en los tres pilares: económico, social y ambiental que constituye la nueva agenda mundial para conseguir un planeta más justo e igualitario que a la vez preserve los recursos naturales” (Agenda ODS, 2030).

Doy gracias a Wilmer, moto-taxista de oficio, por aterrizar mis pensamientos contra el piso; el piso de la realidad. En una corta carrera hasta el lugar de reunión –una de las mencionadas anteriormente– vamos hablando durante el trayecto sobre su forma de vida y el por qué ha tomado sus decisiones en cada caso.

Casado y separado, vive en su casa materna junto a su nueva pareja, mientras terminan su propia vivienda en el mismo lote de su madre: una matrona Raizal, pensionada, amable y respetuosa.

Wilmer técnico en Electricidad, nació y creció en Barranquilla como su padre (hoy difunto), pero se educó en la isla,

–Patrón, eso de laborar en una empresa no paga, estuve trabajando en una cadena hotelera y qué va… ¡No sirve! No da lo suficiente para vivir”, me comenta mientras espera el cambio del semáforo en el cruce 20 de julio / avenida Las Américas.

–No me llames ‘patrón’, llámame compañero, amigo, compa’, mi vale… Le respondo y pienso: es verdad, contratado por una bolsa de empleo por dos meses finaliza su empleo en un corto periodo; luego pasa un tiempo en la calle haciendo ‘marañas’ en electricidad, en el rebusque… Otra vez lo llaman, nuevo contrato similar e igualmente, a la calle.

“Ajá, ¡qué vacile! Trabajo siete meses en total al año, pero en casa mercamos para los 12 meses; esas mismas veces llegan las facturas de los servicios públicos. Si no es conducir la moto para llevar los chicos a casa y mandar algo para la niña que tengo en Barranquilla, ¿qué más puedo hacer?”, agrega Wilmer, cuestionándose.

Y añade: “Depende del día, ‘me cuadro’ bien. Divido la plata en tres: moto, casa y otras necesidades, como el giro a la niña. De los trabajos como electricista compro materiales para autoconstruir la casita y así voy progresando”.

Yo reafirmo su concepto con una “ajá, bien” y él continúa su relato, mientras nos acercamos a mi destino:

–“De vez en cuando me voy de ‘papi’, porque tengo ‘mi vacile’. A ella la conocí cuando trabajé en el hotel. Usted sabe... yo le ayudo con algo, ella también pasa la dura. Doy gracias que la moto es mía, ¿qué más puedo hacer? No estoy para robar o algo así, yo no sirvo para eso”, y así concluye su relato, mientras yo asiento y digo simplemente: “comprendo”.

Rápidamente repienso las palabras Wilmer, y creo que de algo habrán de servir las lecturas, las incontables charlas con académicos, en sus conclusiones al finalizar los eventos.

Ahí comprendo –nuevamente– que hemos entregado una gran parte del turismo (mono-producto de la isla) al sistema de ‘San Andrés más barato’, que no aporta a las arcas de gobierno local, no compensa su ‘huella ambiental’ y aunque genera trabajo, no representa seguridad laboral. 

Después paso a analizar lo que Wilmer no dijo: este sistema de empleo, genera trabajo informal, ilegalidad, inseguridad y precaria situación sobre todo a la mujer, por inequidad de género.

Comprendo por qué el indicador de éxito de la ‘industria sin chimeneas’ siga siendo medido por número de visitantes (aunque últimamente se habla de capacidad de carga) y no por indicadores de flujo de visitantes; del derramamiento del gasto turístico entre los tejidos sociales; del impacto de la huella ambiental y mucho menos, la compensación ecológica.

En síntesis: muy lejano del pacto del sector turístico ante los objetivos desarrollo sostenible.

Hemos llegado a mi destino; le pago a Wilmer y con un apretón de manos, cada cual sigue su ruta. A él le deseo que pronto termine su construcción y yo sigo con mi tema: asistiendo a un evento más para repetir lo repetido…

Esperando que lo dicho esta vez sea letra, y que la letra se convierta en legislación; que ésta se cumpla y que lo que constituye la “nueva agenda mundial para conseguir un planeta más justo e igualitario, que a la vez preserve los recursos naturales” se haga realidad.

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EL ISLEÑO no se hace responsable por los conceptos emitidos en esta columna de opinión, los cuales no comprometen su pensamiento ni su postura editorial

 

 


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Última actualización ( Lunes, 25 de Marzo de 2019 08:59 )  

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