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¡El que rompe paga!

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OSWALDO.SANCHEZ

“El ser humano abusa de los bienes que Dios ha puesto en la tierra, se explota al planeta de modo inconsiderado; el ser humano se convierte en víctima de la degradación de la naturaleza”, advierte Monseñor Luis Artemio Flores Calzada, Obispo de Tepic, capital del Estado de Nayarit, México. Pero además de víctima, es su victimario, agregamos.

Buscando que se tome conciencia sobre la importancia de la vida tanto animal como vegetal en lo “ecológico, genético, social, económico, científico, educativo, cultural, recreativo y estético del desarrollo sostenible y del bienestar de los seres humanos”, la ONU declaró el 3 de marzo de cada año como el Día Mundial de la Naturaleza, facilitando celebrar la belleza y la variedad de la flora y la fauna salvajes, y espera confiada nuestra disponibilidad “a observar y a participar en este día de celebración mundial de la naturaleza”. También, para que decidamos de una vez por todas abstenernos de atentar contra la naturaleza, sopesando las funestas consecuencias que ello conlleva.

Hace mucho tiempo un viejo observador y creyente fervoroso dejó escrito que la naturaleza era tan bella y perfecta que hasta Dios se complacía en ella, pues todo lo creado era bueno, y “se paseaba por el jardín a la hora de la brisa".

Si esto es así, arruinar la naturaleza es contrariar a Dios de manera gravísima. ¿Será que esto se predica en las iglesias, se enseña en las clases de Religión y es tema de absolución en los confesionarios? Ojalá; y si se hace, pareciera que no es con mucha convicción.

No dejan de asombrar los esfuerzos y gastos que se invierten en intentar reparar los daños que se causan a la naturaleza, casi siempre por el temor a las terribles consecuencias que trae esta depredación. “Mucho miedo y poca vergüenza”, tal vez dirían los abuelos.

Por ejemplo, no hace mucho la prensa informaba cómo dizque para “preservar el medio ambiente y evitar la proliferación de basuras” en canales y arroyos de Barranquilla, la Agencia Distrital de Infraestructura recogió más de 40 toneladas de basuras y escombros de esos lugares. Igual pasa en estas ínsulas.

Y uno se pregunta: ¿no sería más fácil y económico que quienes “sudaron” para que les asignaran la labor de limpiar y recoger las basuras cumplieran con su obligación? ¿Y no sería más fácil que las autoridades que deben responder por hacer cumplir lo acordado lo hagan?

Por su parte, Arturo Acero, del Instituto de Estudios en Ciencias del Mar, de la Universidad Nacional, y participante en la Expedición Científica Seaflower en 2016 por los cayos del norte del Archipiélago (Quitasueño, Roncador y Serrana), aseguraba: “En Colombia hay un poco más de 3.000 especies de peces, 107 están bajo algún grado de amenaza y, de ese número, el 18 % se encuentra en las islas Cayos del Norte. Hay especies que ya ni siquiera existen y solían ser abundantes en este territorio”. ¿Quién responde por ello? En algunos almacenes que venden artículos delicados colocan un letrerito que dice: “Niño rompe, papá paga”. Nada más lógico, piensa uno. Y cuando se destruye la naturaleza, ¿quién debe pagar?

Se pueden citar muchos más ejemplos demostrando la pasmosa frialdad conque vamos irremediablemente arrasando con la Naturaleza que fue creada para dar cobijo al Hombre y a toda especie animal o vegetal.

Por eso, sin mayores presunciones proponemos una serie de contrapartidas para que si no se revierte el mal, por lo menos se demore la llegada del Apocalipsis Ambiental que nos espera no muy lejos en el tiempo.

Lo primero es contar con unas autoridades ambientales (no importa su nominación) que dejen de prevaricar y de quejarse (“estamos cansados”, decía compungido y voz cancina no hace mucho el director de CORALINA refiriéndose al caso del Little Reef) y se dediquen cumplir sus tareas y no esperar a que se lo ordenen, como pasa con lo de Jhonny Cay.

En la estantería jurídica del país se hallan normas vigentes que debería ser aplicadas cuando se trasgreden: Código de Policía y la Ley 1258 de 2008 o Comparendo Ambiental, valioso instrumento de cultura ciudadana para el caso que nos ocupa.

Los comercios que traigan al Departamento elementos altamente contaminantes deberían encargarse de devolverlos a sus ciudades de origen cuando terminen su vida útil. En su defecto, que lo haga la entidad que esté encargada del aseo y recolección de basuras.

Más allá de la concientización, se necesita educación ambiental. Educación cimentada en valores ambientales y cuyo objetivo es el de formar la capacidad de observación crítica y juicio de valor teniendo en cuenta la protección y gestión sostenible de nuestro entorno. Educación que permita dar una cara humana a los temas ambientales, lo cual es garantía de un futuro próspero y seguro.


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