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La angustia del dolor común

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JORGE.GARNICATengo en el pecho una angustia; una angustia difícil de definir. Y para resolver nuestros problemas tenemos que poder identificarlos, sin muchas dudas; saber definirlos. Porque en el interior de ésta, de mi angustia, existen demasiados elementos, con frecuencia contradictorios, ajenos y propios, a la vez, que se interrelacionan, con luces y sombras.

Tengo claridad en cuanto al origen de algunos de los elementos; mas, para otros, no tengo la menor idea. Eso agrava la tensión generadora de mis dolores existenciales, en estos insólitos 45 kilómetros cuadrados, y yo en mi espacio privado de 300 cms2, de pie. Y con un año nuevo encima.

Los insulares vivimos hoy momentos de incertidumbres. Graves. Complejos. Tristes. Y la mayoría estamos perplejos. ¿Qué hacer? J.J. Rousseau, político, filósofo y literato, escribía hace más de dos siglos que “El hombre [y la mujer] nace bueno pero la sociedad lo corrompe”.

Empero, el hombre en libertad toma esa decisión, no es una misión impuesta por la naturaleza, como la de ir al baño. O voy o me… De modo que decir que un pueblo sin el claro sentido de un ideal; sin una visión y misión básica y consensual de lo que desea ser es una barca extraviada entre neblinas y escollos y atolones peligrosos, no es un exabrupto filosófico; tampoco es una insolencia, y menos una incoherencia teórica, porque es reflejo de una reflexión ideológica del buen vivir. Y esta afirmación no debe conducirme necesariamente a un vacío sin fondo, a la nada sartriana, al Hades de los paganos. Pues acarrean nervios.

Porque pensar en la posibilidad vivencial de un ideal, existencialmente indispensable para el futuro de los habitantes legales de la ínsula, por muy remota que sea, es la formulación de una tesis necesaria para nuestro espacio y tiempo de hoy, y ante todo para mañana. Es la afirmación de algo, un tanto esotérico si se quiere, pero bien documentado como lo exige toda tesis, explayable, cuya veracidad, cuerpo y fondo ha de ser argumentable y argüida dentro de las fronteras de la razón lógica.

Pero en mi caso, ahora, quejosamente solitaria, y como un imperativo categórico auto impuesto, es desde mi punto de vista también una moral imperativa para todos nosotros. Mas, acepto, no es suficiente. Porque reflexionar sobre comunidad, a solas, no es suficiente. No debe ser suficiente.

No es democrático; tampoco lógico, teniendo en cuenta nuestras caóticas circunstancias insulares del momento. Además, sería un desliz personal imperdonable de mi juicio interpretativo de la premisa kantiana. Porque toda reflexión sobre la comunidad debe hacerse en y por comunidad. Es decir, que este sentir solitario, privado, del imperativo moral y ético, que debería ser el sentir y deber-ser de todos los que residimos legalmente en la ínsula; que debería tener la connotación de universalidad indispensable, que es mi convicción, pero ¿es posible que sólo sea de mi calenturienta y fantasiosa mente? Me resisto a creer semejante aborto generacional. Pero entonces, ¿por qué este incómodo presentimiento y sentir de soledad?

Peor aún: ¿es posible que mi terso ideal no sea realmente un ideal, sino una silenciosa e inalcanzable quimera? Pero, como respuesta a la abrasadora duda cartesiana, me asalta un delicioso proverbio africano: “Si quieres llegar rápido camine solo. Si quieres llegar lejos, caminen juntos.” Tenemos demasiados que quieren llegar rápido. ¿Falta de un verdadero liderazgo transformacional? Mis convicciones ético-políticos nunca me han enseñado o conducido a la dimensión egoísta, al mundo de las muy probables derrotas. Todo lo contrario: mis persuasiones emocionales e intelectuales siempre me han detenido y fondeado en la dimensión plural.
It has never been about me; it’s always about us”,  ha sido mi moto, mi guía, mi motivación e interés básicos que sintetiza mi ideal de vida social. El bien común. Pero sin maltratar la libertad individual. Pero también entiendo que nada en nuestro mundo es fácil, especialmente todo aquello que juegue con la dinámica social. ¡Ah, los humanos! No existe una sola decisión en lo social que satisfará a todos, plenamente. En el camino siempre encontraremos impugnantes y diablillos necios, tozudos, siempre prestos con sus ponzoñas, cinismos, escepticismos, con frecuencia su necesidad íntima de brillar, cual estrella, a solas, etc. Empero, en democracia esto no es necesariamente un palo en la rueda. Por el contrario. Cuando hablábamos de tesis, no debemos olvidarnos del viejo Hegel y de sus otros dos necesarios elementos argumentativos: antítesis y síntesis.

En cualquier confrontación dialogal de peso, comprometedor, civilizado, también humilde (y la humildad no implica de ninguna manera debilidad; con frecuencia es fuerza), no permitamos que la arrogancia intelectual, y mucho menos emocional, nos cierre en nuestras narices las puertas de la razón. Por eso tenemos que buscar esa aguja, esa luz pletórica de sabiduría, en este denso pajar; es ahí donde encontraremos la aguja, la síntesis que, quizás, podrá resarcir un poco nuestros múltiples problemas, magulladas, y aparentes dilemas. Pero tenemos que hacerlo juntos, en justicia histórica. En la hermandad de la especie humana. Es la condición sine qua non. Es en el diálogo constructivo, de buena fe, en nuestras experiencias, en la tolerancia y respeto mutuo; y es en nuestras complejas relaciones donde hallaremos luces en el oscuro y abarrotado túnel de hoy.

Pero ¿cómo dejar a un lado, escépticos humanos, lo que carcome despacio el alma; cómo descargar tantas emociones, rabias, envidias, frustraciones y deseos, a veces espurios; cómo deshacerse de ese peso extra, indeseable, ese peso espiritual –y no necesariamente religioso– que cada uno de nosotros cargamos, a pesar nuestro, ¿cómo lastres indeseados?

Una queridísima amiga diría: “…jefe, con mucho cuidado”. Y tenemos que dejar de pensar en una solución mágica, inmediatista. En nuestro caso, eso no existe. La jornada es y ha sido quilométrica, siempre ha sido. De modo que nuestro Universo nos está recordando el llamado, el eco lejano del verdadero significado de comunidad, el elemento común, indivisible, de todos. Vale la pena escuchar. Hay más placer en ir en busca de la verdad que en encontrarla. Y las preguntas renacen: ¿Soy parte del todo, del llamado; cómo me afecta; cómo interpreto ese llamado; cómo puedo contribuir? ¿Mejor me escapo en mi propio mundo, ignorando lo que ocurre en mis alrededores? Son preguntas recurrentes que todos formulamos en momentos de angustia –y ojalá buscáramos respuestas– cualesquiera que fuesen.

Ojalá también buscáramos las respuestas en plural. Porque en singular no funciona. Las respuestas en singular son ilusorias, engañadoras. Siempre han sido. Nuestras historias privadas y colectivas nos han demostrado las necesarias falacias de las respuestas en singular. Las estamos experimentando, con dolor, hoy por hoy.

Estoy por terminar uno de los libros que leo: “Them” (2018), por el senador e historiador americano Ben Sasse. En el preámbulo el señor Sasse, entre otras aseveraciones, afirma, y traduzco: “Finalmente alguien dijo –La política no resolverá nuestro problema. Además, ni Trump y tampoco la resistencia. Nuestro problema es la maligna soledad”. No comparto aquello de que “La política no resolverá nuestro problema”. En nuestro caso, nuestra política es el centro de nuestro problema. Porque no hemos sabido, es decir, nuestros políticos (¿?) domésticos y nacionales, no han sabido replantear la política insular en sus dimensiones saludables y correctas, como instrumento efectivo y solucionador de problemas. Han distorsionado perniciosamente.

“El arte de gobernar los intereses generales”, históricamente, como un aborto innecesario en sus verdaderas dimensiones de una política sana para San Andrés, Providencia y Santa Catalina, y sus demás cayos, bancos, atolones y aguas. Y así jamás llegaremos a ningún puerto decente, conductor de bienestar para todos.

En otra aparte, el citado señor también dice: “Estamos muriéndonos de desesperanza.” Acaso no es lo que estamos observando en nuestra ínsula. No es acaso ese sentir de “¿Prisioneros de esperanza”, título de mi último libro? El científico social Robert Putnam, el “filósofo comunitario”, del capital social, dice que el quid de las relaciones significativas es aquella que ayuda tanto a individuos como a comunidades a florecer plenamente. Capital social es la conexión que todos podemos tener en nuestras genuinas relaciones, no solamente la falsa conexión de sábados y domingos alrededor de una botella. Esa inconexión es parte del problema.

Y recuerdo otra vez mi adolescencia, y el Topo Gigio repitiendo con su voz de yo no fui: “Me falta algo, me falta algo”. Lo que le hacía falta al tierno ratoncito era el calor del abrazo de las buenas noches. Pero, entonces, ¿qué es lo que nos hace falta, a nosotros? ¿Qué es lo necesita nuestra cultura, nuestra ínsula? ¿Qué es lo que hace tanto tiempo no logramos vislumbrar, y que necesitamos con desesperación, en el lejano horizonte marino? Invito a que busquemos respuesta en comunidad y para la comunidad.


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