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Con el agua al cuello y… subiendo

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OSWALDO.SANCHEZSegún Transparencia Internacional (TI), el ranking mundial de percepción de corrupción 2017 tiene a Nueva Zelanda, Dinamarca y Finlandia como los menos corruptos del planeta; Colombia ocupa el puesto 96 de 180 con 37 puntos sobre 100, muy lejos de la Guyana Francesa y Uruguay (23,70 cada uno), y de Chile (26,67). Y hacemos esfuerzos para NO salir del abismo.

En efecto, Colombia ha mantenido una calificación muy similar en los últimos años: en 2016 obtuvo un puntaje de 37; en 2012, de 36. La posición dentro del ranking nos dice que en 2014 ocupábamos el puesto 94, subimos al 83 al año siguiente, bajamos al 90 en 2016 y rodamos hasta el 96 el año pasado. Como se ve, haciendo méritos.

Aunque es muy difícil cuantificar el monto de los dineros robados por las personas corruptas, el Contralor Edgardo Maya calcula que ronda los “50 billones de pesos (…) de todos los presupuestos nacionales, departamentales y municipales”, anualmente.

Por eso es creíble lo que afirma la filósofa española Adela Cortina en el libro ‘¿Para qué sirve realmente la ética?’, según cita de Ángel Pérez: La ética abarata costos, (…) la vida sería infinitamente más barata. Y no sólo en dinero, que es lo que parece interesar a sirios y troyanos, sino también y sobre todo en muertes prematuras, en vidas destrozadas, en conflictos, en eternos procesos judiciales de final incierto, en venganzas, rencores, en papeleos odiosos y en ese coste que varía más o menos, pero que suelen acabar pagando los peor situados”.

Obviamente, esta conducta corrupta mata todo asomo de confianza ciudadana. Según el Trust Barometer de Edelman 2017 apenas el 41% de los colombianos confía en el gobierno y el 77%, desconfía de los funcionarios públicos; en los medios confía solo el 45%. Así mismo, para Gallup Poll (2016), el 59% de los colombianos confía en sus fuerzas militares; el 57% en la Fiscalía; el 31% en la Corte Constitucional y no llega al 13% la confianza en la justicia colombiana. Al Congreso lo desaprobaba el 76%.

Esta falta de confianza genera una legitimidad difícil de mantener, pues como dice el editorialista del colombiano.com: “Tan alta ausencia de legitimidad institucional es uno de los más graves problemas que habrán de remediar la democracia colombiana y la sociedad en su conjunto en el inmediato futuro”.

Es deber de los gobernantes gobernar para resolver los problemas que afectan a la sociedad toda, como el de la corrupción. Pero deberían saber que para hacerlo, y dada su dificultad, han de contar con la comunidad con el propósito irrenunciable de construir una sociedad inclinada a la legalidad, donde el interés comunitario y el sentido ético imperen sin condiciones.

Si se quiere tener una sociedad donde campee la ética y sea el soporte de las relaciones con el otro, se necesita fortalecer la Educación de Calidad, la formación de docentes y la Escuela. Es que sin valores no puede haber paz, progreso ni tejido social. Para los creyentes se traduce en dejar a Dios de lado y volverse contra los débiles. “Far from God", clamaba la columnista Inés Celis en este periódico, hace unas semanas.

También se pueden ensayar otras vías como la “tal consulta” (así la llamó el columnista Gabriel Rodríguez Osorio) celebrada el pasado 26 de agosto, que casi pasa pero que no pasó; pero eso sí, el chequecito por $400.000.000.000 sí pasó.

Con esa platica tal vez se hubieran podido construir 150 Bolivarianos que atendieran unos 150.000 estudiantes a quienes se les enseñara “sentido ético para actuar y vivir que trascienda el sistema educativo y se comprometa a las empresas y demás organizaciones públicas y privadas, incluyendo sus fuerzas armadas”, como propone Angel Pérez Martínez, Profesor Universitario, investigador y experto en temas educativos. 

Cambiar paradigmas culturales es tarea de largo aliento, pues no se logra de la noche a la mañana decidir que el bien no justifica los medios, y que enriquecerse de un día para otro es inaceptable además de violento, que mis diferencias con el otro no se solucionan por la fuerza, etc. Este largo camino cruza, necesariamente, el territorio escolar, pero no para “enseñar” valores, en lo cual es muy experta la escuela, sino en inducir a la práctica de ellos; de ahí lo importante que resulta tener docentes que sean verdaderos Maestros y Escuelas proclives a las buenas prácticas, donde se viva eso de que la justicia no es selectiva o que ‘los de ruana’ son los que llevan ‘el bulto’, por ejemplo.

Una Escuela fuerte y empoderada es lo que se necesita, amén de unos Maestros dignos y reconocidos. De no ser así, todo esfuerzo, consulta, normatividad serán nada más que ‘patada de ahogado’, y hasta contraproducente.

Un buen comienzo pudiera ser esta Semana de la Espiritualidad.


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