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La teta suicida

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Los dejaría ir sin poner trabas a sus alas: se iban sus tres hijos dejando en el nido vacío tres habitaciones con afiches de cantantes de los años ochenta, tarjetas de ex novias, fotos de amigos y paseos; sábanas de dibujos animados, dos condones en una cómoda escondidos como santos griales de látex, un par de revistas para adultos inundadas de adolescentes infladas a pedazos, dos medallas, cientos de cosas de las que no sabía que conservar y que botar.


También lo dejaba ir a él: su marido estaba ausente hace años, divertido en diferentes aventuras que ella prefirió omitir lustro tras lustro, llevaba un tiempo ya largo pensando en dejar la casa cuando ella llegó del médico con un papel y un par de lagrimas: hace un año le habían dicho sin sutilezas que tenía cáncer en un seno, que esa pelotita dura y poco móvil, que no dolía, que no pesaba… era más mala que la secretaria con la que su esposo se quedaba los miércoles en la noche para hacer “el balance”.


La quimioterapia era nauseosa y debilitante como su suegra en los primeros años de matrimonio, pero era su alidada para mantenerse viva. Al principio fue desgastante, pero después de la zozobra de los primeros meses se le hizo una mala costumbre, también sus hijos volvieron a la cotidianeidad de sus vidas de adultos jóvenes; y su marido al que la culpa le duró un par de semanas y dos ramos de orquídeas, siguió con la joven lozana y bien dotada con la que se hacia el treintañero dos veces a la semana.


Pero esa noche era distinta, también la quimio se rendía, su médico le había dicho por la tarde que habría que extirparle una mama. La maldita era una teta suicida, decidió morir antes que el resto del cuerpo y que amenazaba con llevarse a rastras a toda su humanidad. Esa noche, la decisión más difícil fue dejar ir a su amiga: su teta estaba con ella desde los doce años, salió primero que la otra y era hasta ese momento la más firme; se asomó sensual en los escotes de la juventud, la había alertado de cada uno de sus embarazos, había crecido y decrecido con cada mes, se excitó con las caricias de su compañero, alimentó a sus hijos, y cuando sus ovarios desfallecieron siguió ahí reforzándole sus ideas de feminidad. Hoy se había suicidado, sin notas premonitorias y con una depresión que puso su piel de naranja. Su amiga había muerto: habría que enterrarla.


Esa noche, calva y cansada como estaba, sacó de su casa las cosas de sus hijos y de su marido, en la mañana compro pinturas y maderas… armada para una guerra decorativa, de cada habitación hizo un sueño: un cuarto para pintar -no lo hacía desde que nació su hijo mayor-.... un cuarto para meditar: seria rojo y con velas y en el tercero puso un televisor para ver los tres canales que le gustaban y que tuvo que ceder cada noche para ver el futbol y las noticias… también llenó su armario con el espacio libre de la ropa de su marido, se había convertido en una obligación.


Se fue sola a la cirugía, despertó sola también, vivió sola por veinte años más. Y se dio cuenta que la felicidad esta a una escoba de distancia, que hay que barrer aquello que nos detiene; aquello que se pudre que se vaya.

(Por: Edna Rueda Abrahams)


Última actualización ( Sábado, 26 de Febrero de 2011 15:15 )  

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