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EMANCIPATION3.2018

Miss Mona

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EDNA.RUEDEA2Poco antes de que llegara el ‘puerto libre’ mi abuelo trajo el cine, era uno de esos encuentros frágiles con el progreso que tienen los pueblos aislados. Sus nietos supimos de este capítulo gracias a los boletos que quedaban dispersos en la casa grande. Eran rosados o amarillos según fueran del palco o la luneta y estaban numerados en las orillas para el conteo.

Junto con las boletas llegaban las historias que del cine se desprendían: la pirofobia con el que el señor Victor guardaba los films, las señoritas vestidas de faldas medio paso comiendo chicles Adams y usando abanicos bordados traídos de Colón, los mirones que se sentaban en los techos para ver las películas sin pagar, los niños que se quedaban dormidos en las bancas y eran rescatados a la hora de recogerse, pero de todas estas leyendas, mi favorita siempre fue la de Miss Mona…

Durante todas las funciones, en medio de la proyección se veía una silueta femenina y regordeta que se plantaba en la mitad de la pantalla y por alguna razón misteriosa gritaba a voz viva los subtítulos de la película.

Para infortunio de los otros asistentes, Miss Mona era cumplida como la luna: en todas las funciones de matinée, y con una voz-roncoide gritaba los textos, leyéndolos en un infeliz tartamudeo y con el acento propio de quien siendo angloparlante habla español. Para empeorar la función, su lectura era siempre un par de segundos más lenta que el tiempo para el texto y terminaba con una expresión enojosa que denotaba su frustración por perderse la última palabra: Diam!

El relato, si así se podía llamar, no era interrumpido por los asistentes, y tampoco se ponían quejas al respecto, de hecho era parte de lo que se esperaba y si alguna vez faltaba la mujer, era suspendida la función.

Pero, ¿por qué?

De ella se sabía que estaba casada con un hombre muy flaco, era religiosa, y con una vejiga pequeña que siempre tenía que desocupar en los terrenos baldíos que quedaban en el camino, donde se ocultaba tras los matorrales y levantando sus enaguas se agachaba por un par de minutos, para luego apretar el paso y alcanzar el grupo con el que se venía por las tardes, desde donde la avenida 20 de julio se empezaba a inclinar para alcanzar la loma: ahí vivía con su marido.

Había aprendido a leer motivada por la idea de descifrar las cartas de amor que le enviarían algún día. Y aunque ese día no llegó, pues su esposo era analfabeto, se hizo una lectora asidua, lenta quizás, pero insistente como pocas.

También de ella se sabía la furia con la que se golpeaba el pecho, cuando se daba el mea culpa: true My falt, true my falt”, gritaba en el servicio católico mientras podía oírse el sonido de su puño impactando el costillar.

Nada hacía sin pasión Miss Mona. Ni siquiera dormir: de acuerdo con las cuentas de su marido, Miss Mona compraba entre tres y cinco colchones al año, debido a que por su sobre peso, el lado de su cama solía hundirse precozmente, mientras el de su cónyuge quedaba impune.

Y si había algo que a Miss Mona le molestaba era que se marcaran las diferencias. Tal vez era por eso que leía a viva voz en el teatro, indignada por la idea de que los demás no supieran el nuevo idioma, tal vez por eso se hacía en el camino desde su casa, marcando todo el territorio del que se sentía dueña, tal vez por eso se golpeaba tan duro en el pecho, quizás asumía que tenía alguna responsabilidad en las desigualdades.

Necesitaríamos más Monas en el mundo.


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