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Los, las…

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EDNA.RUEDEA2En principio definir que es una minoría, puede pasar de evidente. Minoría = menor cantidad. Pero ser minoría no se refiere exclusivamente a la visión cuantitativa (al número) del asunto, sino más bien al ejercicio que del poder se haga.

Por ejemplo, aunque las mujeres seamos mayoría en el mundo, nuestro comportamiento esgrime el clásico patrón de una minoría, debido a que el ejercicio del poder –macro o micro– recae regularmente en lo que Simone de Beauvoir llamaría el primer sexo.

La mujer como minoría es sometida (incluso hoy) a condiciones culturales y socioeconómicas que la cruzan de manera imperceptible para ella misma y que instauran situaciones de violencia comparables a las vistas en el trato de, por ejemplo, migrantes ilegales, esclavos, aporofobias o xenofobias.

Si a estadísticas nos vamos, la raza blanca y la negra tienen cada una, un  15% del porcentaje global, mientras que los asiáticos por si solos son el 30%. En este caso, por ejemplo, claramente la mayoría numeraria no concuerda con, la distribución de la riqueza o la expansión cultural y por alguna razón el capitán América y la coca cola se toman el mundo.

Pero de todas las características, las circunstancias, las dificultades y los bemoles que encierra lo que significa ser los más poquitos, la generalización es la constante más devastadora. Cuando se habla de los privilegios de la mayoría (ej: white privilege) existe uno que sobresale sobre los otros: los individuos de la mayoría son eso, individuos, responden de manera particular por sus actos y no marcan –o condenan– a todos con ellos.

Un sujeto privilegiado, podrá cometer libre cualquier pecado sin que eso condene a su grupo. No ocurre así cuando usted es parte de una minoría: en ese caso sus pecados pasan a ser los pecados universales de su tribu.  

Volviendo al ejemplo de las mujeres, cada vez que una mujer parquea mal su automóvil, refuerza el imaginario de la incapacidad colectiva de todas para conducir, mientras que, si Pepito Pérez tiene un accidente de tránsito, no se asume que todos los hombres sean malos conductores.  El poder se impone con fórmulas de normalización.

Un sujeto que compone una minoría vivirá expuesto a los prejuicios (prejuicios: juicios previos, buenos y malos) que se implanten sobre su grupo, y mantendrá para sí una carga sobre su comportamiento: todo lo que haga, será algo que hacen todos, siempre, así: los negros cantan bien, los asiáticos son buenos en matemáticas, las mujeres saben cocinar, etcétera.

Curiosamente lo primero en estas dinámicas es el lenguaje: los artículos determinados en plural (Los, Las) señalan implícitamente al otro (al sujeto) en su diferencia, sumados a un verbo y a un  adjetivo calificativo proclaman una generalización: ej. “Los raizales son…”

La situación del poderoso determina que características son expandibles y cuales son desechables, es en este juicio donde reside su verdadero poder: cuando generaliza y anula las individualidades.


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