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Aporofobia (o la fobia a las personas pobres)

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Lo que en realidad existe es aporofobia, "la fobia a las personas pobres o desfavorecidas", término acuñado por la filósofa y académica Adela Cortina.

“Los venezolanos nos invaden”, dicen los que defienden la exclusión de los vecinos, cuando en realidad lo que los amenaza es la pobreza con la que se acercan, nadie reniega de migrantes pudientes. “Los delincuentes nos azotan”, los delincuentes pobres, porque ni si salieran todos juntos, en manada, no podrían compensar lo que se pierde con un solo acto de corrupción de los malhechores ‘ricos’.

Entonces, ¿qué nos intimida? Nuestra sociedad, la occidental postmoderna, entrega un valor superior a la acumulación de bienes, el valor de un hombre se promedia por lo que en vida pueda mostrar, y el embarco en un carrusel de hámster lo lleva del trabajo al sueño, y del sueño a la propiedad, o el anhelo de la propiedad. 

Se nos ha dicho que el trabajo es el fin en sí mismo (estudiamos para conseguir un trabajo, no para aprender), y que es la razón para la que existimos (¿qué vas a ser cuando seas grande?); después de eso, existirá una cantidad de bienes que definirán el éxito de la vida, la competencia –y no la colaboración– con los pares nos pondrá en una escala jerárquica que nos dará la falsa sensación de ser mejor que otros.

Y ahí está el meollo… el pobre, el que no tiene, el que no alcanza los estándares con los que calificamos nuestro entorno, nos valida esa postura: nadie quiere estar en el final de la cadena. 

Para sentirse mejor con esta escala analógica, el humano no-pobre podrá asumir dos posturas frente a su complejo par/no par, para él existirán: los pobres ‘buenos’, sumisos, trabajadores, sometidos al estándar y acomodados en su ‘lugar’ y Los pobres ‘malos’, que bajo estrategias violentas buscaran la oportunidad para tener lo que no tienen, porque al final también consideran el esquema como real y quieren ascender en la escala a como dé lugar.

Coexiste, sin embargo, un tercer grupo el de aquellos, que con ventajas o sin ellas, considera que las personas deberían tener las mismas oportunidades, no para el ascenso, si no para equidad, estas transformaciones son más complejas y extendidas en el tiempo, requieren procesos anclados en otros valores, no el adquisitivo únicamente, y más bien en el solidario y el gozo mismo que ocurre en el conocimiento: la educación.

Y es que la condena está –precisamente– en que anclamos nuestros miedos en la pobreza, cuando deberíamos hacerlo en la falta de educación.


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Última actualización ( Sábado, 12 de Mayo de 2018 10:29 )  

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