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Silencios

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CRISTINA.BENDEKEn esta isla, en este mundo, estamos sometidos a la parálisis y la presión de tantos discursos que nos dicen “reacciona”. La ansiedad por respuestas me remitió a El miedo a la libertad, un libro que se lee hace décadas en el pensamiento político, con el que el psicólogo social alemán Erich Fromm me despierta siempre a la ilusión de ser libre.

Creemos que actuamos, participamos, y opinamos con libertad. Asumimos que es nuestra libre elección publicar fotos de encuadres cerrados con los resultados de la sesión de pesas, obtener un título universitario, vender el tiempo propio a alguna multinacional, salvar al país de la devastación ambiental y del abismo político, o asumir la cruzada del emprendimiento.

Sin saberlo, como ciudadanos hemos firmado la invalidez de, por ejemplo, vivir en una cueva, de una economía de subsistencia y no de mercado, de una isla ecoturística, o de un paraíso natural. Sentimos miedo, es la emoción básica de la legitimidad del poder estatal,y es lo que nos empuja hacia la represión, hacia la limitación de las libertades, porque por fuera del miedo, por fuera de la libertad absoluta, creemos que habita el orden.

La libertad es complicada. No por nada las tragedias como género literario y dramatúrgico representan, desde el año 400 a.C., la figura de la encrucijada, y el protagonista acaba siempremuerto o en la ruina, por su propia elección. Por eso la evadimos, porque parece caótica, alguien puede querer ser libre de acabar con su vida, de no trabajar, o de abandonar a sus hijos. Según Fromm, nuestro mecanismo favorito para evadirla es lo que llama conformismo automático.

Al autor todavía le falta cuestionarme más: “el derecho de expresar nuestros pensamientos tiene algún significado tan solo si somos capaces de tener pensamientos propios”. Complicado. Los conformistas vivimos con un pseudoyo que no representa una individualidadreal, es un disfraz de aquello que la sociedad espera, y automáticamente reproducimos conductas aprendidas que nos convierten en seres normales en el sentido de estar cumpliendo con un rol esperado. Y le sonreímos al corrupto, y negociamos con los criminales.

El miedo, de nuevo, es el combustible del poder público, cuyo papel esencial es la provisión de seguridad, según la teoría del Estado. Pero el problema estructural del Estado es grave. Por ejemplo, es posible que un estudiante ejecute un atentado con decenas de víctimas, o que en una isla un pasquín local convierta un acto de banal esparcimiento en una discoteca, en toda una demostración política, y entonces la seguridad aparece como lo que es, apenas una sensación.

Si el contrato no permite la posibilidad de explorar otros proyectos de vida dentro de un marco legal idóneo, y tampoco proporciona seguridad, ¿para qué sirve ceder el poder al Estado? Esta es la idea central al pensamiento anárquico que, valga recalcar, dista mucho del desorden. La raíz etimológica de anarquía señala algo así como sin mandato, y Robert Nozick, catedrático de Harvard, explica las ventajas sociales de una variante, la anarquía capitalista.

Mientras nos piden un activismo real y no digital, y nos regañan y nos reclaman que le cumplamos a la sociedad, que sonriamos y que nos empoderemos para el bien colectivo, la validez del silencio y de la apatía queda peligrosamente relegada. Ahora, ¿qué pasaría si en efecto nos reconociéramos conformistas? El resultado de la autoconsciencia no será el servicio a las nobles causas que nos convocan, sino apenas la prudencia, una calma que nos ayude a determinar cuándo estamos eligiendo a favor de nuestra verdad personal, y cuándo estamos haciendo de oveja, validando agendas ocultas.

Esta semana, un profesor universitario se preguntaba, por ejemplo, si la masa electoral tiene las herramientas para evaluar las complejas agendas de los candidatos. Sin los medios para comprender, ¿somos verdaderamente libres al elegir? Es momento, diría, de atreverse a callar, y de cuestionar y aprender antes de exigir y reaccionar. “La verdad os hará libres”, dijo Jesús a quienes creyeron en él. Fromm completa: que solo los libres hablen.

Toda esta reflexión, puramente espiritual, me recuerda al reciente-post de un político local, y concluyo con una frase del científico, político y diplomático Benjamin Franklin, padre fundador de los libertarios y ya dilapidados Estados Unidos de América, y el rostro en el billete de cien dólares: “el que sacrifica una libertad esencial a cambio de seguridad transitoria no merece ni lo uno ni lo otro, y acabará perdiendo ambas”. Peace out.


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