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El Carnaval de los otros

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CRISTINA.BENDEK

Salgo del edificio a comprar agua ‘e coco. Varias camionetas paran para hacerle la misma compra a Jesús, el hombre que lleva la carreta que ha estacionado en toda la entrada a la bahía de parqueo. Tiene un ayudante, un chico de tenis negros gastados con detalles dorados, seguramente de los que venden en la que es “la embajada de mi país”, como de chiste me tira un amigo cuando pasamos por el Sanandresito cerca a la Plaza de la Aduana.


El chico me mira de reojo a cada ratico. Le sonrío. No es para menos. Cuando bajé del ascensor, una rubiecita tambaleante de dos años me miró con sus ojos celestes y exclamó al aire ¡ella está con pollera! Las flores de colores sobre el fondo rosado oscuro me delatan tanto pero no más que a casi todos los ocupantes de los vehículos que pasan por la Calle 84. Las camisetas fosforescentes los ubican como parte del séquito, la Comitiva de la Reina del Carnaval, que a esta hora va camino al evento de la coronación.

Yo voy pa’ la calle, me llevo esa pollera de flores que encontré en un armario de la casa para la Noche del Río, a sentir el homenaje a Majín Díaz, el Orisha de la Rosa, el compositor de 'Rosa, qué linda eeeeeres', una cumbia emotiva para el amor de su vida, mujer dizque blanca que siempre insultó a Magín de “negro inmundo”. Me conmueve la verdad detrás de Rosa, la más hermosa, acaban de descarnarme el cuarto coco y le pago al hombre.

El chico no cobra, solo alcanza las bolsitas, sostiene los termos, y tampoco abre los cocos. Le pago al hombre alto y cobrizo que ya ha dado los vueltos a dos billetes de cincuenta. Me sorprende tanto coco, y barato. Me mira de nuevo y se atreve, me pregunta que para dónde voy, dice que trabajará este y todos los días, que escuchó en el bus esta mañana que habrá paro armado de los elenos, que en su barrio nadie sale, que vive frente a un CAI, que no habrá verbena.

En la Noche del Río, anuncian que la empresa de gas ha donado ciento cincuenta millones de pesos al Museo del Caribe para solucionar el daño del aire acondicionado. No joda, ¡firme!, escucho entre la multitud, aplausos aislados. Un niño sudando y sin camisa carga un costal que va llenando de las latas de cerveza, que nos vende una venezolana echándole tantas ganas que es probablemente la mejor atención al cliente de toda la ciudad. Él no baila. Ella no baila.

El precarnaval es en la calle, pero hace años que desde el sábado de la Batalla de Flores, el pueblo puede mirar solo de reojo y empujado, dicen. Como en Río de Janeiro, los únicos lugares de la Vía 40 que no están cerrados para palco son entradas a barrios populares en donde parar a ver la Batalla de Flores o la Gran Parada vendría siendo una aventura de turismo de alto riesgo.

Me recojo la falda, entre las piernas, un gringo alto de 'rastas' largas y rubias me curiosea. La falda pesa y no esperaba un ritmo tan pop en el homenaje a Majincito, que murió de 98 años camino a recibir el Grammy Latino en 2016. Nos vamos porque el homenaje se hizo largo, y la brisa está pegando fría a las dos de la mañana cerca del Magdalena. En una frutera 24 horas, el lugar para matizar la-prenda con un frito grasoso que corte el alcohol por dentro, el cajero escucha metal pesado por encima de la música de banda de millo.

La lista de los expulsables, pienso. La resistencia, dice empuñando al aire el escritor Fabián Buelvas, autor de una novela sobre un trío de jóvenes que conspira comprometida pero torpemente para sabotear de una vez por todas el Carnaval de Barranquilla. Habrá quien diga que no le gusta la reina carismática, aunque la tradición sea adorarla. Baila, canta, toca la gaita y los cueros, saluda a la gente, cumple el sueño de su vida entre lentejuelas, plumas y pinturas.

Pienso en una foto vieja, de Marvel Luz, Marvel Moreno, la reina escritora, coronada en ’59, y de exilio voluntario y permanente en París desde el ’64. Pienso en lo que pudo haber vivido, en lo que escribió y que su ex esposo no quiere publicar, en la crítica a la falsedad.

Hay una lista, seguro, nos van a expulsar de la ciudad, junto con el metalero que habla golpeao’, los sin tiempo para comitivas, a los que escuchan noticias. No hay que emprender grandes logísticas, el que no es carnavalero en Barranquilla hoy se retuerce, no hay un instante de silencio, el compás es incesante. Regreso para dormir, antes de que sea este fin de semana y tenga que ir a la Noche de Tambó, a la rueda de cumbia, a la fiesta hipster, a la Batalla de Flores de la 44, a lo que es abierto todavía, donde los palcos no son paisas, donde cabemos todos. Pueblo, pueblo, acaban siendo los otros. Peace out.


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