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Reflexiones al vuelo

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JORGE.GARNICAParte de las grandes decisiones históricas de San Andrés, a principios y en la mitad del siglo XX, y un poquito más acá, fueron tomadas y enarboladas por otras personas. Ajenas. Esto puede ser un argumento fácil para muchos. Frágil, a veces; pero así es.

Así que una persona sin convicciones a toda prueba traiciona su naturaleza. No soy un religioso, per se y respeto hondamente las que lo son. No voy a misa o a otros cultos de carácter religioso para mis diarias catarsis existenciales; o para otras razones; y no es por pereza; más bien, no me gusta pretender. Luego de leer El Hombre Mediocre, de José Ingenieros, hace 40 años, decidí que la hipocresía no sería uno de mis blasones más visibles.

Pero fui a Cartagena para ver al Papa Francisco. Lo vi y lo escuché. Y reafirmé mi sentimiento de admiración hacia él; y sancionó su sentimiento de humildad con sus gestos y palabras. Admiro la humildad en la gente que están en los altares de nuestras leyendas; en nuestros personajes históricos, tanto los domésticos como los universales.

De modo que los que dicen seguir a Cristo y a su evangelio, y me refiero al hombre, no pueden ser arrogantes, ni hipócritas en sus actos, decires, o deberes. No pueden seguirlo por fortuna ni por fama del mundo material—sería traicionar la misma doctrina cristiana. No obstante, ejemplos de estos me sobran. Aquí y allá.

Y las reglas de convivencia izadas de nuevo por el Papa, y sustentadas claramente en nuestro Nuevo Código de la Policía, que también llamamos leyes, fueron creadas para ser cumplidas—al menos las del más acá. Y también por eso prefiero mil veces a un barrendero que haga bien su trabajo, con dignidad, y honestidad, que al o a la gran arrogante profesional o ejecutivo que se las tira de quien sabe qué, pero a quien le falte todas o cualquiera de estas características.

Y mi amigo Kent Francis, escribía: “Los resultados, en sana lógica, no podían ser de otra manera: la paulatina desaparición de principios y valores en las relaciones y actividades económicas y políticas, en lo social y en lo cultural; el deterioro acelerado del equilibrio ambiental… un acelerado desprecio a la ética y a la moral.”    

Todo esto de ‘sana lógica’ no tiene nada, amigos lectores. Porque hablar o escribir acerca del escenario socioemocional del Raizal, el dueño del territorio Insular, puede ser una labor compleja; tal vez sencilla.

Depende de las tendencias, y tipos de luces que se reflejan sobre la médula del objeto en cuestión; depende de cómo codificamos nosotros aquello que consideramos todavía vital y sine qua non para nuestra pervivencia coexistencial como ciudadanos de bien, con derechos y responsabilidades; es decir, con intereses sociales claros y dicientes; y éstos siempre infortunadamente se enlodarán en el fenómeno conocido como lo político.

Porque aquí, en nuestro Caribe, de misteriosos luces y claroscuros; de discursos populacheros y sin esencias, y a pesar de nuestras desastrosas experiencias con el fenómeno de marras, aún no hemos aprendido a manejar la política, la cosa pública, con el requerido tino. Me refiero a la política decorosa, a aquella que tendría como prioridad 1A a la comunidad, y no a intereses meramente tribales, celestiales, y sumamente personales.

Esta política decorosa, en la cual no hay espacio para afirmarla o mezclarla con nuestras perturbaciones, ansias, o actividades porcinas. Ya que, por razones aún no comprensibles por la mayoría de los colombianos, y por ende tampoco de los Insulares, la evolución de la política en Colombia sigue siendo abortada año tras año, una y otra vez luego de sudoríficas y venales promesas; a pesar de las supuestas voluntades y leyes de los grandísimos padres y madres de la patria todavía boba, camino ciertamente a la estolidez.

¿Qué circunstancias históricas, egoístas en lo personal o colectivo, nos condujeron—y que aún nos están arrastrando, como si fuéramos borregos camino a su última morada de sacrificio--a los resultados que animaron a mi amigo a afirmar todo lo anterior y qué hacer para evitarlas a futuro?

Porque cuando todos arrostramos y arrastramos tanta culpa, como si fuera un insoportable lastre; cuando la culpa la repartimos tan delicadamente, es difícil allanar y dilucidar las circunstancias culposas, a todos nos cuesta afirmar sin reticencias el ‘mea culpa’.

Pero a la vez, algunos al menos, podemos sentirnos menos culpables —por aquello de desear amparar la triste conciencia lo mejor posible– por las circunstancias presentes, tan recientes que parecen futuras, y que rápidamente nos están conduciendo, corroyendo irremediablemente a una alborada aún más y más desastrosa. Pero soy un optimista.

¿Y cuándo se hará algo, en serio, en cuanto a la insostenible e intolerable inmigración hacia la Ínsula—pasado y futuro?

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