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La noticia del millón

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GERMAN.MARQUEZ2Una de las principales noticias de estos primeros días del año es que San Andrés superó el millón de turistas. Una noticia que da mucho que pensar y que, en efecto, ha merecido la atención de los medios y de varios columnistas, que hacen interesantes consideraciones al respecto. Quiero reiterar al menos dos de ellas.

La primera se refiere a los impactos sociales, económicos y ambientales, sobre los cuales se pregunta Jorge Sánchez en una columna, muy pertinente, en este mismo medio. Es básicamente la misma pregunta que muchos nos hemos hecho a lo largo de años, viendo como la isla profundiza cada vez más en un modelo de alto riesgo, pero poco rentable, de turismo masivo de bajo costo.

Los impactos ambientales son evidentes; un cálculo muy rudimentario indica que, si ese millón cincuenta mil personas permaneció en promedio tres días, hubo 3.150.000 personas más en las islas, consumiendo agua, produciendo excretas, arrojando basuras (aún si fueron bien dispuestas), usando y abusando de las playas, ensuciando sábanas, etc. ¿Cuánto más puede aguantar la isla, antes de colapsar?

Con respecto a los impactos económicos se puede pensar que son positivos, pues todas esas personas pagaron pasajes, hoteles, alimentación, transporte y, fuera de eso, la tarjeta de turismo. No obstante, hay motivos para ponerlo en duda.

¿Cuánto de lo que esas personas gastaron ingresó realmente a las islas? Como se sabe, las empresas aéreas solo dejan el muy poco empleo que generan (algunas ni oficina tienen), pues la mayor parte de sus ingresos y ganancias van para otras partes  (Brasil, Panamá, Chile, el interior del país), lo mismo que los impuestos que son pagados en otra parte.

Con los hoteles pasa algo similar, aunque generan más empleo. La alimentación es comprada y traída, incluso la mayor parte del pescado, de otras partes. Muchos de los turistas usan el transporte público, con la consecuente congestión, y, como se ha mencionado, no toman un taxi ni para ir al aeropuerto con sus maletas.

Todo esto sin contar los precios que se pagan, a veces irrisorios (posadas de menos de 10 dólares la noche), no compensan los gastos en que se incurre, ni siquiera el agua o la luz que se consume, pues todos los servicios están en alguna medida subsidiados.

El principal servicio que usan los turistas, y que es en la mayoría de los casos la razón de venir a las islas, el mar de los Siete Colores, es gratis; las playas son gratis; los arrecifes son gratis; los atardeceres son gratis; el clima es gratis.

Pero además son gratis la cultura y la historia que, aunque no están incluidas en los ‘todo incluido’ ni se aprecian como es debido, lo envuelven todo. Así mismo, la amabilidad de la gente, un patrimonio que tiende a perderse pero que muchos turistas reconocen como uno de los valores fundamentales, como se lo he escuchado a más de uno en Providencia.

Con decir que hasta la tarjeta de turismo es gratis, pues el solo descuento del IVA compensa ampliamente su costo. (Aunque, para completar, vaya usted a saber que ha pasado con los cerca de $110.000.000.000 recibidos por su concepto. ¿Habrá alguien que pueda responder?)

Así que quizá algunas empresas ganen mucho y otras personas ganen algo, pero las islas pierden en su conjunto, no solo en términos económicos y de deterioro ambiental, sino sociales. Porque pierden sus habitantes, y esto es parte del impacto social, cuyo costo de vida es el más alto del país, pues deben comprar alimentos a precio de turista y pagar el arriendo que les pidan, ante la escasez de vivienda generada por la proliferación de posadas.

Todo ello con el mismo salario mínimo. Por eso, como lo sugiere el columnista, se requiere otro modelo que, supongo, tiene que partir de cambiar la vieja fórmula de ‘privatización de ganancias y socialización de pérdidas’. Algo así como ‘yo gano, todos perdemos, incluso yo que tengo que vivir en un entorno cada vez más deteriorado social, económica y ambientalmente’.

Así que la noticia del millón de turistas no es buena para San Andrés; no obstante, corrobora que nuestro Archipiélago es inmensamente atractivo y que ello abre la posibilidad de atreverse a orientar su desarrollo de otra manera, una que privilegie la calidad sobre la cantidad, donde las islas y sus pobladores reciban una retribución adecuada a cambio de lo que dan.

Cambiar las cosas no es fácil, pero si debería ser posible, en la medida que haya conciencia de que la cifra es engañosa y los gobernantes y dirigentes asuman sus responsabilidades.

El segundo tema: la tarjeta de turismo, que ya mencioné y que trató en su columna, con mucha sutileza, Cristina Bendeck. Comparto su gran preocupación. Y también la idea de que hay que hacer algunas extracciones, así sea sin anestesia.

[1] Fundación Sea, Land and Culture Old Providence Initiative. Prosealand


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