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elisleño.com - El diario de San Andrés y Providencia.

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Pompeya

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EDNA.RUEDEA2En el año 79 estupefacto se quedó en la bahía Plinio el Viejo,  la montaña donde había visto crecer viñedos lo engañó como a todos…  esa montaña  era un él, era un volcán y de la nada, sin dar aviso, tomó para sí Pompeya. El relato nos llega desde Plinio el Joven, su sobrino.  De quien dicen que mezcla cuentos cuando relata la historia, y es que acaso… ¿quién queda para debatirlo?

El martes corrí a la urgencia del hospital, gritaron:  “muchos apuñaleados, en urgencias, se puso feo”.  Al subir, pasando el ascensor  casi me choco con la Dra. Jackson, llevaba en sus brazos un niño que no superaba el año de edad,  era de color chocolate, largas pestañas y formas redondas.  Jackson  parecía estar en modo automático, como nos solemos poner los médicos cuando la urgencia supera el pensamiento,  cuando lo aprendido se toma el cuerpo y los protocolos nos hacen actuar de manera mecánica.

Corría con el niño porque su piel estaba  cubierta toda por sangre, como en un bautizo bizarro, como en una ceremonia primitiva y pagana.  Ella caminaba a limpiar su carita y buscarle heridas.  El niño estaba bien. Al menos ese.  Los otros dos, los dueños de la sangre con la que ungieron al bebe, eran otra historia. Diez y siete y 14 años y ya eran mártires del sacrificio humano que tiene por rito esta isla cada semana.  Afuera sus familias y amigos, trataron de entrar con picos de botella,  estaban dispuestos a completar la faena.

Yo era Plinio, el joven.  Veía como el Vesubio nos mentía,  y como declaraba que la tragedia había llegado, esto no es algo que va a pasar, esto pasó, pasa, está pasando.  Las cenizas han empezado a cubrir Pompeya y  el desastre es inminente.   

Puede que pase esta semana,  llegará de la mano de alguno de los motociclistas que se reunieron en el sur el pasado fin de semana, y que aterrorizaron a aquellos que no fueron  parte de su tribu.  Podrá venir de los adictos que tenemos dentro y fuera de la isla, y por los cuales no hacemos nada distinto a  mirar a otro lado.

Puede ser que sean el centenar de habitantes de la calle que tiene nuestra amada favela como protagonistas,  alguno será la lava y arrasará todo: implacable frente a nuestra mirada atónita y distraída.  Nos iremos algunos quizás, viendo el paisaje atónitos, incrédulos, impávidos. Mientras la turba se acumula en la bahía huyendo del desastre.  Miren a Pompeya  señores, la lava nos cubre, las cenizas nos ahogan: somos una leyenda.


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