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Alerta temprana

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OSWALDO.SANCHEZEl 1 de junio sucedieron dos hechos ambientales de trascendencia: llegó la temporada de lluvias y huracanes y con ella la incertidumbre de dónde, cuándo y si una tormenta fuerte nos podría golpear. La NOAA predice una cantidad de tormentas por encima del promedio.

Simultáneamente, el presidente Trump anunciaba la equivocada salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Para el primer caso, según sea la respuesta a dar, tendremos la señal de si se aprendió la lección que dejó el huracán Otto.

En primera instancia digamos que ante las desgracias se reacciona de diversa manera: una, pensar que Dios nos abandonó (‘Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?’); otra, resistirse a cualquier explicación: así Dios lo quiso (fue la excusa esgrimida por la gobernadora del Putumayo, Sorrel Aroca, luego de la tragedia de Mocoa). Hay una más: pensar por qué pasó lo que pasó y decidirse a su no repetición.

Esta se conoce con el nombre de “gestión del riesgo”, que son las actividades diseñadas para evitar la pérdida de vidas humanas y reducir la destrucción de infraestructura y edificaciones; la ley 1523 de 2012 hace responsable a todas las autoridades y habitantes del territorio colombiano de su cumplimiento.

Por su parte, la comunidad científica ha advertido que el calentamiento global causará huracanes más frecuentes e intensos que bien podrían arrasar a ciudades costeras de nuestro país si no están organizadas; de ahí que sea válido preguntar qué tan preparados estamos para enfrentar desastres, tanto en el continente como en estas islas. La respuesta no parece reconfortante.

La CGN dice que el 63% de los municipios no ha actualizado el POT, y en el 82% hay población asentada en zonas de riesgo. En nuestro caso la situación preocupa, ya que “el paso de la tormenta tropical-huracán Otto nos dejó en evidencia que aún estamos crudos en esta materia de protección”, dijo Camilo Sánchez; eso que desde el cuatrenio de la magister Aury Guerrero se cuenta  con el Plan de Gestión del Riesgo (PDGR).

Por eso preguntamos: ¿qué ha hecho la administración departamental en cuestiones de educación a la comunidad?, ¿existen rutas de evacuación debidamente señalizadas, despejadas y conocidas?, ¿tienen los albergues las condiciones de seguridad, acceso y provisiones suficientes y necesarias?, ¿sabe la comunidad dónde están ubicados? ¿Existen equipos tecnológicos de aviso a la comunidad?

¿Existen los Planes Escolares de gestión del Riego?, ¿la comunidad estudiantil está preparada para enfrentar un desastre?, ¿quién avala que la Escuela es un territorio “protector y protegido”, como supone el MEN en la Guía N° 59?

Aunque existen muchas normas (nuestro PDGR cita 39), no hay garantías de no llorar desgracias perfectamente prevenibles. “Se lo advertí” no es suficiente para evitar tragedias ni para eludir responsabilidades, dice la periodista Tatiana Pardo. Por su parte, María Leonor Velásquez nos recuerda que “En 1882, cuando se iba a fundar Armero, se había advertido que los flujos de sedimento y agua, que bajan desde las laderas de los volcanes, son periódicos y se repiten con un intervalo exacto”. Y eso fue exactamente lo que pasó aquel noviembre de 1985.

El presidente insiste en que “las políticas de acción preventiva siempre son más efectivas y más baratas”, pero no lo toman en serio, tal vez ni él mismo. Ahí está el peligro inminente que se vive con el jarillón del río Cauca, por ejemplo; aquí mismo, en la ladera del Cliff, existe una roca suelta que de caerse causaría muchísimo daño. Que no haya sucedido no quiere decir que no pueda suceder.

Sí, el riesgo no se puede evitar, pero sí se puede (y debe) mitigar como lo hacen sociedades que se toman en serio y tienen gobernantes que saben para qué están. Eso faltó, por ejemplo, en Mocoa, pues como dijo la periodista Ángela Jojoa: “Es una catástrofe anunciada porque en meses pasados se hizo un llamado por algo similar pero no pasó nada, entonces ahora como que la gente no creyó en la voz de alerta que se emitió, no se alistó y vea lo que paso”.

Ante las amenazas que se ciernen sobre las comunidades solo hay dos acciones a ejecutar: tomar las previsiones necesarias y suficientes para reducir al máximo las afectaciones de las personas y la formación ciudadana, empezando por la Escuela, sobre el comportamiento social frente al manejo del medio ambiente y cuáles son sus roles en caso de alguna eventualidad más o menos grave.

Sí, educación y cultura ciudadana; es mejor esto que escuchar decir al presidente lo que les dijo a los mocoanos: "¡Aquí está el Gobierno, aquí está el Estado, para que salga adelante y para que quede mejor de lo que estaba antes de esta tragedia!"

¡Como para una lápida!


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Última actualización ( Sábado, 10 de Junio de 2017 04:23 )  

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