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elisleño.com - El diario de San Andrés y Providencia.

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Amnesia ambiental

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GERMAN.MARQUEZ2Hubo un tiempo, no muy remoto, en que era posible comer tortuga todos los días; quizá aún vivan personas que lo recuerden. Menos remoto es el tiempo en que mi amigo Emilio decía: “Hoy quiero comer4hugfish”, salía a pescar y poco después regresaba con uno de estos pescados para satisfacer su apetito. Hace aún menos solía comer, cada vez que lo deseaba, arroz con cangrejo.

Hoy en día comer tortuga no solo es difícil sino ilegal. Y toca comer el pescado que haya, si lo hay; nada de exigir algo específico. Y conseguir cangrejo para el arroz no es fácil; nada de comprar y preparar. Este año, sospecho, va a ser casi imposible, a juzgar por el número irrisorio de cangrejos que bajaron a desovar.

¿Qué ha pasado? Las tortugas eran tan abundantes que crónicas antiguas que las mencionan suenan inverosímiles. Un hijo de Colón escribió, de las islas Caimán: “…islas muy pequeñas y bajas, llenas de tortugas tal como lo estaba el mar alrededor de ellas, en tal cantidad que se veían como pequeñas rocas…”.

En San Andrés y Providencia la situación debía ser similar. Pero a partir del siglo XVIII, las tortugas fueron cazadas sin misericordia ni prudencia; de hecho, fueron caimaneros quienes, luego de agotar sus recursos, recorrieron el Caribe en su busca y llegaron al Archipiélago, donde algunos se establecieron y trajeron los catboats, cuyo diseño es específico para la captura de tortugas. La demanda de carne, aceite y carey era grande; para mediados del siglo pasado, las tortugas marinas entraron en peligro de extinción y su comercio fue prohibido; se volvieron una rareza que solo ahora, después de años de cuidarlas, dan visos de recuperación.

Cabe pensar que entonces la gente resintió no comer tortuga cada vez que quería; pero con el tiempo, esas personas fueron muriendo y sus descendientes cada vez comieron menos, hasta que dejaron de pensar en ellas como comida habitual. Hoy nadie extraña a las tortugas, aunque ocasionalmente se capturen; tampoco vive nadie de la caza de tortugas. Para la mayoría de nosotros son hoy una atracción turística.

Al proceso de olvidar como eran las cosas de la naturaleza, y terminar pensando que siempre fueron como ahora, lo llaman amnesia ambiental. Tiene graves implicaciones pues lleva a pensar que nada ha cambiado, que las cosas siempre han sido así, que nada está pasando; que la abundancia es cuento de viejos que sueñan que todo tiempo pasado fue mejor.

Si las tortugas siempre fueron poquitas ¿cuál es la preocupación? Lo mismo ha pasado con muchas otras especies, como los meros y las chernas, cuya abundancia algunos aún recuerdan, pero pronto será olvidada. Y, ¿quién va a lamentar la pérdida de algo que nadie sabe que fue abundante? 

Con los cangrejos está pasando lo mismo, pues muchos jóvenes no han visto grandes migraciones de adultos y menos las masivas de juveniles, de las cuales sólo hubo dos en los últimos tiempos, en 2004 y 2015. Por eso alguien podría decir que estoy exagerando, pues lo que es relativamente muy poco para mí, puede parecer relativamente mucho para alguien que no haya visto una gran migración.

Así, mientras escribo esto, me dice una persona que muchos cangrejos bajaron anoche por Lazy Hill; parece que en efecto eran bastantes. Quizá me equivoqué al temer una disminución drástica, resultado de la sobreexplotación, aunque lo dudo.

En tal caso, sería una equivocación feliz, porque la escasez del cangrejo tendrá duros impactos sociales y económicos; muchas personas viven de ellos, así que preocupa que la presión sobre el recurso continúe, se niegue la escasez y los pocos cangrejos que queden sigan siendo capturados.

Pues otra de las facetas de la amnesia ambiental es la negación; cuando estaba preparando mi libro “El cangrejo negro de Providencia” (que el lector curioso encontrará gratis en internet) una respetable señora me dijo: “¡El cangrejo no se va a acabar nunca!”, en respuesta a mi afirmación que el cangrejo, como recurso, estaba en riesgo, como en San Andrés. Hoy los hechos parecen concederme algo de razón, aunque espero equivocarme otra vez, sobre todo porque los cangrejitos que subieron hace dos años están creciendo en las montañas, y dentro de dos años deben empezar a reproducirse.

Ojalá para entonces nuestra amnesia ambiental no nos impida tomar las estrictas medidas de control necesarias para que la reproducción se garantice. Y quienes viven del cangrejo y los capturan indiscriminadamente, ojalá entiendan que entonces puede ser la última oportunidad de recuperar este recursos valiosísimo y delicioso.

La captura debe moderarse; no hay suficiente cangrejo para abastecer a San Andrés, Bogotá y quién sabe qué sitios más. Hay que subirle el precio y prohibir su exportación. Los que quieran comerlo, que vengan aquí y dejen aquí la ganancia.


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