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El amigo árbol

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OSWALDO.SANCHEZSegún la Real Academia Española (RAE) “fin” es: “Objeto o motivo con que se ejecuta algo”, y uno de los fines de la educación en Colombia desde 1994 tiene qué ver con “La adquisición de una conciencia para la conservación, protección y mejoramiento del medio ambiente, de la calidad de la vida, del uso racional de los recursos naturales, (…)”.

A pesar de haber sido formados con ese fin millones de niños, hoy adultos, es inaudita la actitud depredadora que tenemos con el medio ambiente, actitud compartida por la humanidad; por ello, la ONU en 2012 decidió proclamar el 21 de marzo de cada año como el Día Internacional de los Bosques, con la esperanza de “crear conciencia” sobre los beneficios de todos los tipos de bosques y árboles fuera de los bosques. Conciencia expresada en 1805 por los habitantes de Villanueva de la Sierra, en Extremadura (España), donde se celebró por primera vez “la fiesta del árbol”. En Colombia, según decreto del año 1941,este día se conmemora con la intención de “concientizar a la gente sobre la necesidad de proteger las superficies arboladas”.

Es que los bosques son importantes bien sea porque cubren un tercio de la superficie terrestre del planeta; o porque de ellos dependen más de 1.600 millones de personas en los países más pobres del mundo gracias a los alimentos, los materiales, el agua o las medicinas que obtienen de ellos; o porque albergan el 80% de la biodiversidad mundial de plantas y animales; o porque funcionan como buzoneros de carbono, al absorber el dióxido de carbono (CO2) y fijarlo en forma de biomasa, amén de funcionar como filtros naturales del agua.

A pesar de ello, la desforestación mundial avanza a un ritmo de 13 millones de hectáreas al año, poniendo en peligro la supervivencia de toda clase de vida. Según Thomas Crowther, de la Universidad de Yale (EE UU), los árboles desaparecerán del planeta en 300 años, tres siglos, unas 12 generaciones. “Ese es el tiempo que queda si no hacemos nada, pero tenemos la esperanza de que podremos frenar el ritmo y aumentar la reforestación en los próximos años para aliviar el impacto humano en los ecosistemas y el clima”, dice esperanzado el investigador universitario.

En Colombia la destrucción de los bosques y los “arboricidios” son parte connatural con nuestra “civilidad”, pues en su nombre y en aras del progreso se arrasa inmisericordemente con ellos. Ejemplos: 47 árboles “asesinados” para adecuar cancha de tenis en Cartagena; en Santa Marta, los cometidos por Electricaribe o centros comerciales en aras del “crecimiento económico”; los hay como “protesta social”, tal como sucedió en Los Córdobas y Moñitos por desavenencias con los respectivos alcaldes. Y eso por nombrar algunos casos de la Costa Caribe, “faltando datos de otros municipios” y regiones del país.

Este comportamiento depredador condujo a la deforestación de unas 148 hectáreas (28 veces el área de San Andrés y Providencia) en 2012, según el IDEAM. La disculpa, excusa o pretexto: lo que sea. Somos especialista en exonerar y negar culpas, así sea en aras de una “paz estable y duradera”.

Y si por otros lares llueve, en San Andrés no escampa: el documento, Plan Único Ambiental de Largo Plazo, elaborado por CORALINA, advierte que en 1986 Providencia solo tenía “un 20% de su superficie cubierta por vegetación autóctona y con la presencia de algunos relictos”, en tanto que en Santa Catalina era el 90%. De San Andrés se dice que “casi toda su cobertura vegetal inicial ya ha sido intervenida y no se conservaría relicto alguno ni bosques primarios”. Esta deforestación, en el entender de los autores del documento, “puede” (¿?) estar afectando el volumen y calidad del agua subterránea. Es decir, hay dudas, cuando todo el mundo concuerda en que sin bosques no hay agua, no hay vida.

En otras latitudes el árbol es amigo del hombre y emblema de ciudades, pero acá nada, y ofrezco como símbolo el legendario caucho sito al pie de la subida al Instituto Bolivariano, abatido por el hacha inclemente de un desconocido ecocida, y que con sus larguchas ramas como amorosos dedos parecía acariciar los cantos y dirigir las danzas de entusiasmados esclavos, hijos del África lejana, reunidos en “Slave Hill” para pedirle a “Papa Massa” por lo que dejaron en su tierra y por lo que les deparará el mañana.

Tal vez la ocasión es propicia para que en la Escuela se levantara una voz que enseñara a respetar el árbol, a defender los bosques, según cantaba el inmortal Rabindranath Tagore: «Por todo esto, viajero que me contemplas,/ tú que me plantaste con tu mano/y puedes llamarme hijo,/o que me has contemplado tantas veces,/mírame bien, pero.../No me hagas daño».


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