Chile se sobró. El rescate exitoso de sus 33 mineros es una demostración de verdadera responsabilidad. Una acción que ejemplifica muy bien lo que un país debe hacer por sus nacionales cuando caen en desgracia. Un ejercicio de solidaridad que Latinoamérica debería copiar.
Pero sobre todo es la manifestación de un pueblo unido que no se resignó a la incertidumbre y buscó hasta encontrarlos, en este caso felizmente con vida.
Las imágenes que vimos en la televisión mostraron a un país decidido, recursivo, solidario, dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario para no permitir que la tierra se tragara a sus 33 trabajadores. Estos hombres son hoy héroes de la patria con todo merecimiento. No importa que la convivencia allá abajo no haya sido la mejor, que uno de los mineros haya resultado involucrado en poligamia, o que hayan tenido que sobrevivir como animales enjaulados, pues al final la vida primó frente a la muerte. Y ahora, de nuevo en la superficie, podrán rehacer lo que pudo haberse dañado durante los casi 70 días que permanecieron a merced de la cruenta naturaleza.
Seguramente, con el paso de los días, se conocerán las versiones y los puntos de vista de cada uno de ellos acerca del comportamiento que tuvieron que adoptar dentro de la mina, pero nada de lo que se diga, por muy vergonzoso o despectivo que parezca, no debe distraer la atención ni opacar el reconocimiento que se les debe por haber subsistido a la ansiedad y al desasosiego que prometía el accidente sufrido. Si es difícil la convivencia humana en condiciones normales y con las comodidades modernas, se imaginan ustedes como deber ser en un lugar donde nada de esto existe y el reto principal lo constituye salvar el pellejo propio.
Desde ya me declaro incrédulo ante cualquier versión que ponga en tela de juicio el inmenso valor humano que tuvieron los mineros al asumir la responsabilidad de conservar la calma y la vida como fuere en aquellos primeros 17 días cuando afuera se creía que habían muerto. La idea de valentía y esperanza que dejaron, es con la que me quedaré pues quedó claro que el hombre siempre debe dar la lucha por la vida hasta el último suspiro, aunque resultare inútil.
Estoy seguro que los mineros de Chile comprenderán mejor ahora el sentido de su existencia, le sacarán mejor el jugo a cada momento, comprenderán que lo único que quieren los sueños es que no los entierren, y darán un vuelco a la jerarquía de valores que la sociedad moderna les hubo impuesto basados solamente en el tener.
Decía Fiódor Dostoievsky que “se debe amar la vida por encima de todo. Amarla antes de razonar, sin lógica” y esta sentencia encaja perfectamente con la actitud que asumieron estos hombres a 700 metros de profundidad.
Desde ya me alisto para ver las películas que vendrán a propósito de esta experiencia única, y a leer con beneficio de inventario lo que se escribirá en relación con esta prueba irrepetible que la vida les puso a estos 33 mineros del desierto de Atacama.





















