
Cuando estudiaba medicina, usé -si así se puede decir- un cadáver hermoso al que apode Charlie. Era un hombre joven, negro, musculoso, de facciones burdas y dolorosas. Le llame Charlie, porque su pectoral mayor era un musculo carnoso que me recordaba las hamburguesas de un sitio que frecuentaba: Charlie’s Roof Beef. Charlie tenía dos características que siempre recordaré, la primera era una cicatriz en la mejilla derecha, en forma de estrella, debajo de la cual, cuando lo disequé, encontré un granuloma ( formación de tejido que aísla un cuerpo extraño) en cuyo interior hallé restos de vidrios; y el segundo era un tatuaje, descolorido y sin planeación que decía “yo amo a Rosa”.
Este tatuaje inspiró el nombre de su compañera en el anfiteatro, una pálida joven de unos 18 años, cabellos largos y negros que se encontraba en la mesa de al lado. Ella se convirtió en Rosa –y Charlie la amaba, por lo menos en mi imaginación-.
Rosa había cometido suicidio, y su palidez era testigo de los litros de sangre que se habían despedido de sus venas, en su última noche.
Por su parte, el granuloma debía tener al menos diez años y como Charlie no tenía más de veinte, no pude dejar de pensar quien habría podido pegarle a este niño de esa edad con una botella en la cara
¿Qué travesura terminó con su rostro ensangrentado y su personita inconsciente sobre un piso frio? ¿Cuánta violencia vivió este muchacho, cuanta fue que al final se lo llevó? ¿Quien vio en este pequeño una amenaza, a quien le importaba tan poco que permitió que lo agredieran tan brutalmente?
Pero lo que más me sorprendía de Charlie cada vez que nos encontrábamos para aprender el uno del otro, era su increíble sentido de la esperanza, Charlie se repuso de esa violencia y con reverencia “amó a rosa”. Charlie me enseño más que sus viseras, me enseñó su interior, y yo estoy convencida que yo fui su ultima amiga. Hablaba poco Charlie. Gracias a Dios.
(Por Edna Rueda Abrahams).





















